jueves, 20 de diciembre de 2012

El desengaño primigenio. Erebus






I. Las fuentes.

Según recientes investigaciones, llevadas acabo por los sabios de la Academia de Historia Arqueológica de Francia, el desengaño está casi en la misma sustancia de la que estamos hechos. Arrojan este sorprendente resultado, a la luz de ciertos pergaminos hallados en tierras semitas, que parecen narrar una versión hasta ahora desconocida del Génesis bíblico. En esta se descubre que aquellos hombres ya poseían una visión metafórica de la realidad bastante desencantada.
No nos ha llegado el nombre del escritor, poeta, profeta o autor de dichos pergaminos, si bien se puede considerar bastante afortunado el mero hecho de haberlos encontrado. A continuación y en exclusiva, trasladaré el contenido de dichos pergaminos, a los que he tenido acceso en mi última visita a la sede de la Academia en París.

II. Un Génesis muy diferente.

En la Eternidad sin tiempo antes de la Creación, nada había más que Dios y su Gloria. El Infinito era su morada y la única luz que existía estaba en su Ser.
Entonces decidió dar la luz al Infinito, y así fue creado el mundo.
Creó a continuación mares, cielo, estrellas, Sol, nubes y tierra y pobló toda su extensión de criaturas que le agradaban, y vio que era bueno.
Creado estaba el mundo, desde las altas montañas y las colinas cubiertas de hierba verde y musgo hasta el último arroyuelo del último confín, pero vio que algo faltaba, y así concibió crear al hombre.
Quiso crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, pero pensó que algo estaba mal. Pensó el buen Dios que un simple paraíso terrenal y una vida ilimitada no serían suficiente para calmar el dolor que surgiría en su nueva criatura al verse desprovista de casi todos los poderes y capacidades de los que el propio Dios gozaba. Viendo que la razón que iba a implantar en su creación iba a ser un peso excesivo para su alma y su cuerpo, resolvió que vivirían en el paraíso terrenal, protegidos de los dolores del mundo exterior, y desprovistos de ojos y oídos, pudiendo sólo percibir de la manera más primitiva posible; mediante el tacto, el gusto y el olfato.
Pensó el providente Dios que bastaría hacer que el hombre se viera inmerso en un mundo de oscuridad y silencio para que no lo atormentaran horizontes imposibles de traspasar, ni le causara desdicha alguna el sonido repetido mañana tras mañana del pájaro cantando al invisible alba, y así obró en su infinita sabiduría.
Adán y Eva, los dos primeros seres humanos fueron creados por Dios de su propia materia y puestos en el Paraíso para que disfrutaran una vida eterna repleta de dicha.

III. La vida en la dichosa oscuridad.

Tal y como Dios había designado, Adán y Eva fueron inmensamente felices en el Paraíso, y nada conseguía empañar esta dicha. Vivían en un mundo oscuro y carente de todo sonido, pero con esta carencia, habían ganado una unión entre ellos, con la naturaleza y con Dios como si aún siguiesen en su Eterno Regazo. De hecho, eran como niños en el vientre de su madre. Conocían el tacto y el olor de todas las cosas buenas del mundo, y eran puros e inocentes, hasta cuando sus manos tocaban el cuerpo desnudo del otro. Nada había que pudiera hacerles daño o mal en tal estado, salvo una cosa...

IV. La auténtica naturaleza del Árbol de la Ciencia.

Con todo, había una cosa que Dios había ocultado por su bien a Adán y a Eva: el Árbol de la Ciencia. Para que no pudieran llegar a éste y a sus frutos, lo había puesto en lo alto de una montaña con un pico casi inaccesible.
Allí, en ese lugar remoto frío y hostil, se encontraba erguido aquel árbol verde y frondoso que daba sus frutos ajeno al entorno en el que se hallaba.
Su copa señalaba hacia lo más alto desde la cima, al hogar de Dios, donde los humanos tenían prohibido habitar.
Mas un día, el espíritu que un día se reveló contra el Creador, se apareció a nuestros primeros padres en forma de corriente de aire, y arrulló en sus corazones palabras que no conocían y les incitó a seguirlo hasta el final de la corriente. Así es como paso a paso, se fueron acercando al árbol sin que ningún obstáculo pudiera impedírselo. Subieron al final a la montaña, y la corriente se detuvo en el momento en el que las manos de Eva y Adán se posaron sobre los suaves frutos del árbol prohibido.

V. El final de la Edad de Oro.

Nunca llegaron a plantearse con su inocencia si aquello estaba prohibido, pues sus corazones eran puros y Dios nunca les había hablado de aquel sitio.
Comieron de los frutos del árbol como hubieran comido de cualquier otra cosa, y por cierto que les parecieron deliciosos, pues comieron con fruición aquella sabrosa carne que nunca antes habían probado.

VI. El principio de la nueva era.

Tan pronto como terminaron de comer, el fruto hizo sus efectos. Les salieron ojos en la cara y orejas en la cabeza. Atónitos y asustados por primera vez en sus vidas, contemplaron desde la cima de la montaña su feliz morada, y vieron como el dedo de Dios salía de una nube señalando al Edén, y como este se transformaba en cuestión de un instante en un desolado desierto, y el pico de la montaña en la que se hallaban, en un pedrusco en mitad de la nada.
Oyeron por primera vez la voz de Dios, que les decía que ya que habían elegido aquel camino, iban a conocer lo que era el sufrimiento. Ahora se sentirían afligidos por los sentidos, y la muerte estaría presente en sus vidas, que tendrían que ganarse con esfuerzo y dolor.
Atribulados, con pena en el corazón, con el recuerdo del Paraíso aún presente, y con un futuro tan incierto como el horizonte que ahora podían ver, empezaron a andar cabizbajos a buscar el primer sustento y el primer cobijo de sus vidas. La dicha y el reposo de la oscuridad y el silencio ya sólo se encontraría en sus sueños. Ya nada sería lo mismo, lo perdido jamás se podría recuperar, y sólo quedaba como opción tratar de emular con ingenio la dicha que un día les perteneció. El desengaño y las ganas de burlar a la muerte y al dolor serían ya su herencia para siempre.






Tras el pseudónimo Erebus, se parapeta Marco Portillo, burgalés licenciado en filosofía sin título, misántropo universal atrincherado a muerte en su casa, escritor a ratos y colaborador ocasional de esta humilde manque enjundiosa fanzine.  

1 comentario:

Carlos Rioja dijo...

¡Muy interesante el concepto de que Adán y Eva eran originalmente ciegos y sordos!

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