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miércoles, 20 de octubre de 2010

El fin de la inocencia del chico formal. David Gutiérrez


Aún era pronto para beber, pero en un día como aquel, martes, no había nada más interesante
que hacer por los alrededores. Era una ciudad hermética, difícil para un visitante, para alguien
que está de paso y busca desesperadamente un agujero en el cual esconderse. Cómo un
escenario de una película del oeste, todo cartón piedra y pintura, sólo podías resbalar por las
aceras mojadas y deslizarte entre hordas de transeúntes de color gris, cómo el cielo aquel día.
Era extraña esa sensación conocida y al mismo tiempo tan diferente.

Entre las luces que decoraban feamente el callejón, una puerta se abrió para escupir a dos
borrachos que abrazados y alegres se tambalearon entre las sombras hasta desvanecer.
Entonces, rápido y fugaz, aprovecho esa apertura para colarse en las entrañas más profundas
de la nueva ciudad y esperar un día más a la suerte y a las promesas olvidadas, aquellas que
cómo los calcetines viejos desaparecen del cajón del armario sin decir adiós.

Dentro del bar y tras un rápido vistazo, eligió el perfecto lugar para esperar. En un rincón, un
viejo sofá de eskay color beige y con cortes disimulados con cinta aislante de color blanco,
mostraba sus brazos y alargaba sus dedos como púas dispuesto a clavarlos en él para no
dejarlo escapar.

El forastero se hundió en él, pidió una botella del vino más barato y empezó a preparar su
letargo. ¡Lástima! Su último cigarrillo se había mojado con la lluvia y sus ganas de fumar se le
agarraban al pecho como hierro incandescente. Le asfixiaba el humo del local pero aún así se
decidió a pedir la caridad de un paquete de tabaco ajeno. Había poca gente en el local, y
decidió dirigirse a la persona que yacía en el sofá contiguo. Busco su mejor cara de monaguillo
indecente y agachando la mirada le susurró cerca del oído.

Fueron pocos segundos los que transcurrieron entre el primer contacto visual, el cruce de
miradas y eso que hace que el mundo gire. Mientras que eso pasaba la lluvia seguía golpeando
las ventanas del bistró, los transeúntes seguían con su ir y venir, las voces y bramidos se
seguían oyendo aunque deformados como en cámara lenta, el ventilador del techo continuaba
con su misión de esparcir el polvo depositado sobre sus aspas, las moscas seguían apoyadas
sobre la pila de platos que esperaban ser recogidos en una de las mesas, los coches tocaban el
claxon en la calle contigua, las estrellas seguían siendo invisibles debido a la capa de humo
tóxico y seguía siendo martes.

La llama hizo encender el fósforo del papel del cigarrillo mientras el humo penetraba insistente
y violaba unos pulmones reacios a aceptar más humo en su interior. No hicieron falta palabras,
no hubo discurso bonito, no hubo cortejo ni modales, no hubo presentación, ni siquiera hizo
falta una sonrisa. Todo ya estaba claro.

Abandonaron el local y cogieron un taxi, sin poder contenerse y a pesar de las miradas del
taxista, se dejaron devorar allí mismo. Todo era fugaz e irrepetible, no habrían repeticiones
pero aún así creyó sentir cada uno de los surcos y poros de sus manos. Sólo llevaba una cosa
que ofrecer que no fuera su juventud y un par de billetes arrugados en su estrecho y raído
pantalón. Una botella por acabar de vino barato.





viernes, 14 de mayo de 2010

astronautas en el campo de batalla. David Gutiérrez

Foto by David Gutiérrez


Una llamada telefónica a las 10:58 despertaba al astronauta, quien aún dormitaba entre universos y nebulosas de tamaños imposibles. Eran negocios, hoy en día todo son negocios; comprar, vender, contratar, alquilar... Tras la conversación, deshizo su envoltorio nocturno que le protegía del frio, ya que en el espacio hace muchísimo frio, y se puso el pijama oficial para recibir una ración más de su desayuno galáctico.

Sorbo a sorbo acababa con el café solo de su taza de color morada, que su hermano, que tenia los pies en la tierra, le había traído en alguna visita estelar. Apuraba los últimos bocados de pan de astronauta y dedicaba unos segundos a revisar el ordenador central, que conectado a la tierra, le traía las ultimas informaciones de su misión, la cual estaba estancada por falta de presupuesto gubernamental, maldita crisis.

Como la gran mayoría de días, el inbox de su correo no mostraba ninguna novedad, no habían llegado ni mensajes de publicidad, como los que normalmente le avisaban de las ofertas de trajes de astronauta de firma que enviaban outlets de todo el mundo.

El día con la nave estacionada cerca del Sol, se presentaba demasiado soleado para solo tener que flotar entre los diferentes cubículos que completaban su nave espacial de fabricación rusa. Le gustaban los rusos, aunque no compartía la idea de enviar a perros y monos al espacio, debe de ser como enviar a un ciego a ver una película de cine mudo.

Tras dejar que la falta de gravedad le diese un respiro ante tal situación y tras contemplar en este estado de ingravidez los planetas a su alrededor, decidió hacer una visita al rocoso Marte acompañado de su única compañía, el robot rastreador HX709 cuya única función se resumía en detectar agua y nuevas formas de vida.

Quien sabe quizá hoy seria un día de suerte y recibiría una llamada para continuar con su misión o volver a la tierra, con los directores de misión nunca se sabe, solo ven a dos metros de distancia de su despacho, y eso es muy poco cuando las objetivos están en el oscuro espacio exterior.





davidsoda.blogspot.com

sábado, 27 de marzo de 2010

Through a polished glass. David Gutiérrez





Interior de una habitación oscura, medidas imperfectas se retratan entre muros equidistantes.

Parpadea la luz de la vela intermitentemente, ondulante y llamativa.

Pesa la cera que se desliza ahora convertida en líquido amniótico del calor.

En el exterior aún quedan rastros de vida y luz, en plano fijo, durante minutos nada pasa inadvertido del ojo de párpados estáticos.

La música que suena se balancea lánguida y ceremonial por el habitáculo mientras que el tic-tac de un reloj suena en segunda voz.

Dentro de este universo se reflejan figuras contorsionistas en una amplia escala de grises que desembocan trágicamente en la oscuridad, danzan sobre las paredes y se esconden debajo de los muebles atraídas por el desvanecimiento y el fin de su existir.

Rara realidad desembocada como tormenta de arena y difícil de contrastar desde un sitio tan pequeño.

Sin vistas a ningún lugar más que a la imagen de la calle, siempre la misma y en el mismo devenir.




Mi nombre es David Gutiérrez, soy un joven inquieto apasionado de la fotografía (en este caso son dos fotos tomadas con cámara Lomográfica) y de los textos y canciones deprimentes, oscuros y con un toque creepy.Os envio mi texto y fotos que he titulado Through a polished glass ya que para mi el imsomnio es pasarte toda la noche mirando por la ventana escuchando a Bowie.

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