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jueves, 7 de marzo de 2013

YA NO ME QUERÍAS. Pepe Pereza




Y llegaron los días que dejaste de quererme. 
No lo niegues, habías dejado de quererme. Lo notaba en tu respiración, en la forma de lavarte el pelo, en cómo te sentabas en el suelo con las piernas cruzadas. Me lo decían tus pestañas, tus uñas, los lóbulos de tus orejas, incluso los ácaros que dejabas en la cama me lo decían: “Ya no te quiere, ya no te quiere”. El viento cuando soplaba, tus braguitas colgadas del tendedero, ellas también me lo decían. Fui consciente de ello al verte caminar. Cuando te apartabas el flequillo yo sabía que no me querías. Si bebías agua lo sabía, al fregar los platos, al cerrar los ojos y al abrirlos. Sabía que ya no me querías, lo sabía. Si fumabas era porque no me querías y si no fumabas, tampoco me querías. Ya no me querías. Habías dejado de quererme y me lo demostrabas al darle cuerda al despertador o al hacer uso del retrete. No, no me querías, ya entonces no me querías. Lo sabía el gato, la lámpara y el felpudo de la entrada. Me lo decía el guiso que se cocía en la olla, las cortinas del salón. Me lo decían las canciones que escuchábamos y los libros que leíamos. Me lo chivaban el cepillo de dientes y la maquinilla de afeitar. No me querías. Yo era consciente de ello. También el florero y el polvo que flotaba en el aire. Y los destellos en la pared y la funda del sofá… Todos lo sabían. Y sufría porque no me querías. Se lo confesaba a las baldosas del pasillo. Con lágrimas en los ojos se lo decía. Hablaba con ellas y les decía que no me querías. Me sinceraba explicándoles que no me querías. Si dudaba solo tenía que mirarte para saber que no, que no me querías. Lo cierto es que no me querías. Y sufría, porque cuando más te quería yo, tú ya no me querías. 

 ® pepe pereza

jueves, 7 de octubre de 2010

Las Rosas. Pepe Pereza

Marcelo llevaba años experimentando con las rosas. Sus éxitos más sobresalientes fueron las rosas comestibles bajas en calorías y las famosas rosas fluorescentes, esas que brillan en la oscuridad y exhalan un perfume embriagador. Ni se sabe la cantidad de premios que recibió por estas últimas. Sabiendo que gozaba de prestigio y buenas subvenciones, Marcelo se había propuesto ir más allá y crear una rosa que al respirarla suministrara los mismos componentes del tabaco, con la variante de que se eliminaba el humo, la dependencia y, lo que es más importante, las enfermedades cardiovasculares derivadas de su consumo. Marcelo creía que si el experimento tenía éxito le consagraría. Lamentablemente, Marcelo falleció antes de que sus experimentos vieran la luz. En el parte de defunción escribieron que la causa de su muerte fue un cáncer de pulmón provocado por los sesenta y tantos cigarrillos que consumía a diario.


lunes, 8 de marzo de 2010

EL INSOMNIO. Pepe Pereza

Llevaba un horario de vampiro. Se acostaba al amanecer y se levantaba entrada la noche. Hacía tanto tiempo que era así que no podía recordar cómo había llegado a ese desequilibrio. Siempre le costó conciliar el sueño, se pasaba horas enteras tumbado en la cama esperando, cada vez más nervioso, más desesperanzado, llenando el cenicero de desilusiones, leyendo hasta que sus ojos cansados empezaban a desenfocar las palabras, escuchado las lánguidas emisiones de los programas de radio nocturnos, cualquier cosa para continuar tumbado en la cama. Después de varias horas concentrándose para conciliar el sueño quedaba extenuado, hasta que por fin, la claridad del nuevo día se colaba entre las rendijas de la ventana cerrada y llegaba el sueño. Al penetrar la tenue luz por la rendija de la ventana y encontrarse con la oscuridad del dormitorio se generaba un efecto de cámara oscura. El exterior de la calle quedaba nítidamente proyectado en el techo del cuarto, como si en la penumbra alguien hubiese puesto en marcha un proyector de cine. Mirando ese reflejo mágico, regalo de las maravillas de la óptica llegaba el momento en que por fin conseguía dormirse.


Desde que ella se había instalado allí algunas cosas habían cambiando. La casa había cobrado vida, el frigorífico estaba lleno, la cocina se plagaba de apetecibles aromas a las horas de comer, la lavadora había resucitado y los tendederos blandían al viento las ropas bien lavadas con cariño y suavizante, del espejo del cuarto de baño desaparecieron las salpicaduras de dentífrico, las cortinas del salón recuperaron sus colores originales y las veladas nocturnas se disfrutaban ahora con frutos secos y programas de televisión.

Todo era perfecto.

Bueno... casi perfecto, porque el insomnio seguía haciendo presa en él, y con ella acostada a su lado, esas horas de espera eran más negras y tediosas, pues tenía que prescindir de todos esos complementos que le ayudaban a ir sobrellevando el tiempo: la lectura, la radio, fumar… Cualquiera de esas actividades la hubieran despertado, y ella madrugaba, así que sus horas de sueño eran sagradas. Él temía cada día más la hora de irse a la cama, tener que soportar a oscuras el paso de cada minuto, reprimiendo la necesidad de cambiar de postura, ahogando cada bostezo, cada anhelo... De vez en cuando no lo podía soportar y se levantaba para matar su aburrimiento viendo los teletiendas o simplemente quedándose sentado sin hacer nada en una especie de letargo demencial.

Ese horario desorganizado y deforme le estaba haciendo enfermar. Aunque él no tenía trabajo debía levantarse antes de que ella llegara del suyo, hacer la compra en el mercado y preparar la comida, con lo cual apenas le quedaban una pocas horas para dormir. Estaba siempre tan cansado que la relación entre los dos se fue deteriorando por momentos. El mal ánimo se instaló en la casa como un inquilino fijo. Él intentó combatir el insomnio a base de litros de valeriana y un recital de somníferos, pero todo fue en vano, y pronto se vio solo de nuevo. El frigorífico se fue vaciando, los tendederos también, el fregadero de la cocina se llenó de platos mohosos y cubiertos resecos, el espejo del baño recuperó los puntitos de dentífrico... y él siguió su vida de vampiro, esperando a que el amanecer entrase por la rendija de la ventana y proyectase sobre el techo las mágicas imágenes que le prometían que el sueño estaba cerca.

domingo, 20 de diciembre de 2009

DISCUSIÓN TONTA. Pepe Pereza.


  • Baja el volumen.
  • ¿Por qué?
  • Porque me estás dejando sorda.
  • Está música hay que escucharla alta.
  • ¿A eso llamas música? Yo a eso lo llamo ruido.
  • ¿Y lo que tú escuchas si es música?
  • Pues, sí.
  • Pues a mí, los que componen la música que tú escuchas, me parecen unos babosos y unos putos guaperas que siempre se lamentan porque no les quiere nadie, o su novia se la pega con otro...
  • Así son las canciones de amor.
  • Menuda mierda.
  • Por lo menos se les entiende y no a esos melenudos, embutidos en cuero.
  • Vale, no se inglés, pero yo veo la voz como un instrumento más y con eso me basta. No necesito entender las letras.
  • Eres tan estrecho de miras.
  • Quieres decir que por escuchar Rock soy un tarugo.
  • Más o menos.
  • Entérate. El rock ´n roll ha cambiado este planeta.
  • Porque tú lo digas.
  • No sólo lo digo yo. Abre cualquier enciclopedia y lo verás.
  • Vale. No tengo ganas de discutir, sólo quiero que bajes el volumen.
  • Pues mira por donde no me da la gana.
  • (Amenazando) ¿A sí?

Ella cogió el mando a distancia del televisor, apretó el botón de ON y subió el volumen por encima de la música. Él, a su vez, apuró el volumen del CD al máximo. El ruido era ensordecedor, los cristales de las ventanas retumbaron. Ella no estaba dispuesta a quedarse atrás y apretó su dedo con fuerza contra el botón del control de sonido del TV.

Tal alboroto fue denunciado por los vecinos a la jefatura de policía. No era la primera vez ni sería la última. La pareja se pasaba el día tirándose los trastos a la cabeza y los vecinos estaban hartos.

A la media hora llegó la policía y tras algunos dimes y diretes volvió la calma al vecindario. Ellos hicieron las paces, la policía se marchó satisfecha por haber puesto orden y los vecinos tuvieron un nuevo tema de cotilleo. Todos felices.

martes, 18 de agosto de 2009

Olor a Carne Quemada. Pepe Pereza

El paisaje era dantesco. Hierros retorcidos y carbonizados, hogueras aquí y allá, equipajes desperdigados y abiertos, dejando un rastro de ropa tirada, zapatos y neceseres. Y sangre y miembros amputados de cuajo y cadáveres por donde quiera que mirases. Había gente que gritaba de dolor, otros agonizaban en medio del caos. Y prevaleciendo por encima de todo el olor a carne quemada de los cuerpos carbonizados. Mariano caminaba sin rumbo entre los restos del accidente, llevaba el brazo izquierdo totalmente desmembrado, solamente se sujetaba al cuerpo por una fina hebra de carne ensangrentada. Se podían ver los huesos astillados que atravesaban la piel, los tendones y músculos arrancados, y la sangre fluyendo sin parar. De pronto se sintió mareado y tuvo que vomitar junto al cuerpo de un bebé aplastado. La radio del siniestrado autobús seguía funcionando y por los altavoces sonaban los acordes distorsionados de “Paquito el chocolatero”. El contraste de la música con lo que allí estaba sucediendo era como una broma pesada y de mal gusto. Mariano siguió andando de un lado a otro, cambiando de dirección sin un motivo aparente, confundido. Un cerdo pasó corriendo a su lado cojeando de una de las patas traseras. Unos metros por delante había varios cerdos muertos en medio de la carretera, mezclados con los cadáveres del autobús. Varios de los cerdos que quedaban con vida chillaban prisioneros dentro de las celdas del camión volcado mientras se achicharraban en medio de las llamas, el resto habían escapado campo a través. El cerebro de Mariano no podía asimilar tanta desgracia, por eso deambulaba absurdamente confundido y sin ser consciente del infierno que le rodeaba. Lo que iban a ser unas placidas vacaciones, sin más, se habían convertido en la peor de las pesadillas. De pronto, de la distancia empezaron a llegar los sonidos desbocados de las sirenas de las ambulancias añadiendo a la bestial banda sonora un acorde de esperanza.



Pepe Pereza (Guijuelo —Salamanca—, 1964)

ex-actor de cine y teatro

ex-cómico de café teatro

ex-técnico (sonido) de La oreja de Van Gogh

ex-mascota (cocodrilo) del show de Fusa

ex-charcutero

ex-frutero

ex-vendimiador

ex–repartidor de propaganda

ex-vendedor de enciclopedias (puerta a puerta)

ex-camarero

ex-operario de muchas fábricas


Actualmente:

Maquinista del Teatro Bretón de los Herreros y del Riojaforum (Logroño)


Vicios:

Hachís y literatura.

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