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jueves, 30 de abril de 2020

Sin visos del futuro. Lia Katselashvili


 
Robert Lebeck exhibition: people reading newspapers on streets of Prague. 1968.


No hay planes. No hay planes del futuro. Solo el día a día. Esperamos…
Quince días, veinte… cuarenta días.
El primer día bordé. El segundo también. Y el tercero. Y el cuarto…
Son bonitos, con muchos colores. Los mismos de la primavera que vemos desde la ventana.
Nadie sale. No hay nadie, salvo algún niño despistado jugando al fútbol y los hombres que no tienen miedo.
Todos guardan distancia. Parece que da miedo hasta mirarse.
Esta todo más limpio, eso sí. ¡Qué satisfacción! ¿Verdad? Todo está limpio sin nosotros. Al final, parece que la plaga sí que éramos nosotros.
He terminado cuatro series. Todo lo que no he visto en dos años, lo he visto en una semana.
Películas, algunas antiguas sobre golfos y otras nuevas sobre espías.
En todos hay algo de fin del mundo. Si no lo estuviéramos viviendo, sería ficción.
Todos los días la misma sensación de irrealidad. La misma pregunta: ¿Está realmente pasando?
¿Esto es real?
Vuelves a lavarte las manos. Miras por la ventana. Acechas al enemigo invisible.
Hay miedo. Cierto miedo. Algo que no ves, algo que no sabes lo que es. Nadie sabe qué es.
Los conspiranoicos tienen muchas variantes. Todos podrían ser ciertos. La cosa es que no podemos salir.
Hay bromas. Aplausos a las ocho. Música, a veces e internet fallando.
Tenemos comida y papel higiénico. ¿Qué más se puede desear? Por ahora, incluso tenemos dinero.
Por lo pronto, muchos decimos que esto se parece a lo que ya hacíamos antes, pero algo nos acongoja. Necesitamos salir. Es como estar atados.
Ahora solo sales al balcón. Los vecinos también han decidido hacer lo mismo. Un perro ladra.
Lo que sí es seguro, es que la tasa de criminalidad ha descendido o por lo menos, no sabemos nada al respecto en los últimos días. ¿Ya no hay robos, asesinatos ni violencia doméstica?
No sé cuándo nuestros mejores deseos se convirtieron en pesadillas.
El sofá, peli y manta, es ahora una especie de tortura. Parece que viviéramos en El día de la marmota, todos los días lo mismo: haces la comida, a veces limpias, llevas chándal, miras la tele, te asustan los informativos, decides mirar las redes sociales y estás ahí un rato largo. Alguien hace un streaming, otro publica su poemario, otros escriben libros, otros se insultan y alguien se disfraza de perro para poder salir. Muchos cuelgan enlaces de libros: 100 libros gratuitos que deberías leer, 200 poemarios gratuitos, British Library hace públicos los cuadernos de da Vinci. ¿De verdad leemos tanto? ¿De verdad necesitamos tanto? ¿Cuántos libros somos capaces de leer en una cuarentena? ¿Quién lleva los números?

Nunca pensé que echaría de menos el mundo… las calles sucias, el metro atestado, la gente empujando, los vecinos montando follón… Al parecer, el significado de la vida sí que era el ruido.

lunes, 27 de abril de 2020

El confinamiento es una oportunidad. Eltuertoquetodolové



El confinamiento no permite salir de casa. Supuestamente. Pero en nuestras casas (no todas son así) del siglo XXI la Internet nos abre al mundo y podemos ir al cine, a un concierto o de vermú con las amistades.

Tantas horas en el hogar es una oportunidad para ganar consciencia sobre la vida. ¿Es necesario correr todo el tiempo? ¿Es obligatorio producir constantemente? ¿Por qué te emparejaste si no soportas a tu cónyuge? ¿Para qué tuviste descendencia si la consideras inaguantable? Con poca reflexión podemos llegar a la conclusión de que el modelo social que nos han impuesto es UNA MIERDA. Trabajar cuarenta horas a la semana durante once meses al año para tener un sueldo que, al juntarlo con otro, me permita pagar la casa, el o los coches, unas vacaciones en el mes que no trabajo y un montón de objetos absolutamente prescindibles. Qué gozada.

"La libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles", dice Corcovado. La libertad no existe, estamos bajo sujeción de la genética, la física, nuestra infancia, el condicionamiento social, el código civil, el código penal, la hipoteca, los horarios, las redes sociales, Whatsapp... Cuando tomamos una decisión nunca es libremente. Porque la libertad no existe, es un constructo, un concepto imaginario. Por lo tanto, puedo ser libre cuando quiera. Dos o tres meses de encierro no me hacen ser menos libre. Al contrario, también tenemos la oportunidad de aprovechar este recogimiento impuesto. Podemos dedicarnos a todo eso para lo que no tenemos tiempo habitualmente, podemos dedicarnos a perder el tiempo (¿qué es perder el tiempo? ¿cómo se puede "perder" el tiempo?), podemos pasar horas contemplando las nubes, podemos mirar hacia nuestro interior, podemos disfrutar de tiempo de calidad con las personas con las que convivimos. Y si podemos hacerlo ahora, ¿por qué no podemos hacerlo siempre? ¿Por qué no dejar de producir y consumir, y dedicarnos a otra cosa? ¿Y si el día que decidan que podemos salir a la calle (es decir, volver a trabajar) nos quedamos en casa? Y, cuando llegue el momento, no hacemos la declaración de Hacienda. Y no pagamos la hipoteca, ni el alquiler, ni la electricidad. Y nos cortan la electricidad, nos quedamos sin Internet y sin teléfono. Y nos vamos de paseo al parque. ¿Qué harían? Echan a cada persona de su puesto de trabajo (quienes sigan teniendo trabajo cuando esto acabe), por no ir; pero es que nadie puede sustituir a la persona despedida porque está todo el mundo paseando por el parque. Y pasamos hambre porque los supermercados están vacíos y cerrados. Y YA NADIE FABRICA PAPEL HIGIÉNICO. No hay pañales para la infancia. Así que formamos redes solidarias para ayudarnos las unas a los otros. Los bancos congelan nuestras cuentas y se quedan con todo nuestro dinero, que ya no sirve para nada. Policías, militares y transportistas no acuden a trabajar. La gente enferma muere, pues nadie va a currar al hospital. El aire y el agua aumentan su calidad. De las redes de apoyo surgen asambleas comunitarias. La Unión Europea expulsa a España y clausura sus fronteras. En Portugal la gente deja de ir a trabajar. Trump se enfada y pone precio a cada una de nuestras cabezas. De las asambleas brotan planes de producción y reparto de alimentos. Se abren casas de socorro con ayuda médica básica. Artistas y titiriteros salen a la calle y la llenan de luz. La clase política hace tiempo que se fue del país con la élite económica. Se llevaron todo nuestro dinero (meta a la que se dedicaban con ahínco antes del cambio), pero ya no podrán llevarse nuestro esfuerzo ni nuestro tiempo. No tenemos petróleo, así que invadirnos no merece la pena. En el exterior hablan de una extraña enfermedad mental contagiosa, vivimos peor que en Corea del Norte, Venezuela y Cuba juntas. Aquí nos dedicamos a la subsistencia básica, a reeducarnos, a tener en cuenta los sentimientos, a colaborar en lugar de competir, a ser la verdadera humanidad del siglo XXI. ¿Eso te gustaría? En realidad vamos de cabeza a la distopía descrita en los noventa del siglo XX en las  novelas ciberpunk: desastre ecológico, enfermedades emergentes y poder político bajo control de megacorporaciones. Lo siento mucho por quienes vienen detrás.

miércoles, 18 de abril de 2018

Las noches salvajes. José Manuel Vara

Les Nuits Fauves. Cyril Collard, 1992

A veces recuerdo a una buena amiga que murió de sida. Nos conocimos en el instituto, luego fuimos a la universidad juntos e hicimos amigos comunes. Compartimos salidas, fiestas, amores y desamores. Fue una buena época de mi vida, donde los excesos de la bebida y la escritura se daban la mano. Luego, ella se enamoró de quien no debía y, lo peor, se contagió de lo que no debía.  Aquellos años eran duros para una enfermedad como el sida, que estaba estigmatizada hasta en la pronunciación de su nombre. Mi amiga cayó en sus garras y se fue de forma descarnada, dura, brutal.
  Después de eso, pasé un tiempo a la deriva y dí de bruces con una estupenda novela: Las noches salvajes (1989), de Cyril Collard (19 de diciembre de 1957 - 5 de marzo de 1993), una historia decididamente autobiográfica del propio Cyril , donde derrocha grandes dosis de sinceridad y emoción. Las críticas dijeron de ella que era una obra innovadora, reveladora, sorprendente, escrita con fuerza y agilidad y nueva en el panorama de la literatura francesa contemporánea. Años más tarde el propio Collard dirigió e interpretó su adaptación al cine, muriendo poco después de su estreno a la edad de 35 años.

  Sinopsis:
El protagonista tiene 30 años y le gustan los chicos, en particular Samy, un poco golfo, y Jamel, «hijo del Islam y de la Coca-Cola». Pero también están todos esos cuerpos anónimos que se apoderan de él durante los perversos ritos de las noches salvajes. Además, como quien no quiere la cosa, también le gustan algunas chicas. Sobre todo Laura. Parece quererlo todo. O tal vez no quiera nada. Es seropositivo. Por cobardía o miedo de perder a Laura, no se lo dice la primera vez que se acuestan. Puede haberla contagiado. Pero ella tiene 17 años y lo ama con locura; ya no pone límites a su amor y, pese al mal que ya debe de habitar su cuerpo, recurre a todos los medios para no perderle: ruegos, violencia, mentiras, chantajes. Se toman y se dejan con una pasión compulsiva, al mismo ritmo frenético con que esos jóvenes condenados a muerte circulan en moto, copulan en la sombra debajo de los puentes, se someten a brutales rituales, se drogan, beben y escuchan música hasta reventar, se entregan al sexo con la energía de la desesperación, del que no tiene nada que perder y sí algo que ganar mientras un soplo de vida se lo permita.


  La noches salvajes es un libro/película donde podemos apreciar cómo Cyril Collard nos intenta transmitir un mensaje sobre el sentido de la vida desde el punto de vista de alguien al que le queda poco tiempo (un enfermo terminal con una enfermedad innombrable), pero a pesar de ello, se sigue aferrando al amor y al sexo con algo similar a la desesperación evitando asumir su enfermedad, lo cual dota a su personaje de una honestidad pura y dura. Su personaje es real, es humano, es conflictivo… incluso inmoral, pero rebosa autenticidad por todos los poros. Mucho de lo planteado en Las noches salvajes me recuerda a mi amiga que murió… A veces, es duro el poder evocador de ciertas historias que no forman parte de tu vida, pero que te remiten a ella de forma tan brutal y directa.
Cyril murió con 35, mi amiga con 29.


A ambos gracias por formar parte de mis recuerdos…
Mi amiga se llamaba Mercè.

sábado, 7 de abril de 2018

Por qué pensaba que podía llenarme de poesía. Mª del Mar Tizón Rodríguez

Russian poster for Topiel/The Abyss (Wladyslaw Lenczewski, Poland, 1917). Artist: Mikhail Kalmanson.




¿Por qué pensaba que podía llenarme de poesía, de música, de películas dramáticas, si solo son vanos intentos del ser humano por expresar esto mismo, la aterradora caída al vacío? ¿Buscaba una respuesta? Creo que a veces sí, pero, sobre todo, buscaba a las personas que podían crear, a partir de esta penosa nada, belleza.
La transformación ocultaba parcialmente la repugnante insustancialidad que recubre los objetos, pero, en realidad,  ¿por qué me secuestra la melodía de Chopin que oigo ahora mismo? ¿O por regreso una y otra vez al desganado lamento al final de La náusea? Precisamente, porque dicen lo que yo quería y no sabía decir. Dicen miedo, dicen abismo, poco más, pero lo dicen muy fuerte.

Entonces, no tiene sentido que mi única salvación fuera precisamente lo que nos hace caer. La afición a cualquier forma de arte es puro gusto morboso por el masoquismo. Esto no quiere decir que deje de leer o ir al cine. ¿Qué otra cosa quedaría?

martes, 13 de marzo de 2018

Repensando el abanico. Elisabet Torrubia Pérez

Notorius (1946), by Alfred Hitchcock



El cine, entre otras cosas, actúa como agente educativo. Niños y niñas, adultos y personas mayores llenan sus salas con la ilusión de vivir una historia propia llena de aventuras o empaparse de las emociones que el largometraje pueda brindarles.

Pero qué pocas veces tenemos en cuenta lo peligroso que puede llegar a ser, ¿qué estamos aprendiendo de estas películas? Cuidado con la violencia, la xenofobia, el abuso. Cuidado con esa facilidad de nuestros personajes de acabar con la vida del «malvado», cuidado con los macro, micromachismos y la desigualdad de género que se repite una y otra vez en las pantallas.

Porque ahora debemos dar gracias de que la mujer forme parte del elenco de amigos del prota para salvar al mundo, pero ¿qué tiene de especial? Tenemos la figura del guapo y atlético (que suele coincidir con el protagonista), por otro lado, el experto en informática, también se puede ver al típico grande y fuerte sin dos dedos de frente, por supuesto, al graciosillo… y también, a la mujer. ¿Qué define a la mujer? Nada. El hecho de serlo. El hecho de crear la ilusión de un grupo mixto y, si entra con calzador, acabar entre los brazos del protagonista. ¿Cuándo se nos definirá por nuestras habilidades y capacidades y no por nuestro sexo?


El cine continuará siendo el agente educativo que es, por ello es tan necesaria su remodelación. Se hace completamente necesaria la visibilización de los vestidos negros y los abanicos rojos para que la gente deje de preguntar con hastío «¿Otra vez feminismo?».

lunes, 5 de enero de 2015

Hoy cumples siete años, ya eres un hombre. Esteban Aguayo Sepúlveda


El topo. Alejandro Jodorowsky, 1970






“Hoy cumples siete años, ya eres un hombre. Entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre”. Con este brutal despojo de la infancia comienza El Topo, de Alejandro Jodorowsky; lo que sigue es el despliegue ambicioso y salvaje de un mito, cuya eficacia simbólica radica en ser muchas cosas a la vez.

El Topo es, en primer lugar, el camino intemporal del héroe que emprende un viaje y encuentra una verdad tranquila y final cuya existencia jamás sospechó, una verdad que solo es evidente después de golpes y proezas, después de la furia y la aniquilación, después de la pérdida de la esperanza y del nacimiento de un extraño, ensangrentado y nuevo yo: como Gilgamesh, como Pulgarcito, como el príncipe Bolkonski de Guerra y Paz, como todos los mártires circunstanciales de causas ajenas que tenían su heroísmo disponible tras matar al adorador de sí mismo que antes fueron.

El Topo es también el western, escenario inagotable de duelos personales en donde no importa quién muere, sino la soledad creciente del que va logrando seguir vivo.

El Topo es el ilimitado desierto que solamente puede ser recorrido de manera circular, pródigo en espejismos, metáfora de la insatisfacción, con el infinito y la sed como armas que primero matan la fe, después la cordura y finalmente condescienden a matar al cuerpo.

El Topo, filmada en 1970, es una cartografía de su época: el funeral lisérgico de dios y, después del funeral, una nueva caricia a la idea de dios que siguió latiendo tras su muerte; una idea eufórica, desmesurada y confusa sobre la expansión de la conciencia, en cuya nebulosa bien pueden coexistir Pachita y Timothy Leary, Jung y Hesse, la ayahuasca y el zen.

El Topo, pese a estar filmada en 1970, es ya una carta de despedida al siglo XX: la puesta en evidencia de un paradigma exitoso, desgastado e incoherente en donde reina la religión de la muerte, la glorificación cotidiana de la muerte y en donde, sin embargo, presenciar la muerte de uno solo de “los nuestros” puede derribar todo el edificio de la fe.

El Topo es la improbable pero airosa conversión de un cúmulo de carencias técnicas en una estética, una pesadilla expresionista que casi nunca abandona la luz hiriente del día.

El Topo, en fin, es una navegación disfrazada de naufragio; una película urgente, desfasada, atemporal y quizá eterna, como todos los verdaderos mitos.



martes, 19 de agosto de 2014

Retornos infinitos. Fernando Camacho




La vida siempre pide regresos y, más que la vida, nosotros necesitamos de esos regresos para subsistir. La tesis principal en esta reflexión es medir la importancia que tienen los recuerdos, el impacto en nuestras fibras cuando volvemos al pasado para, sólo por un instante, volver a sentir eso que alguna vez existió en nuestros adentros. Tal vez estas palabras no tengan tanto sentido para el oído en primera instancia, pero siempre es factible la posibilidad de buscar mas allá, de desempolvar ese libro que se ha guardado tan celosamente, ese que uno tiene tanto miedo de abrir pues el resultado puede ser devastador para el alma, ese que lleva por título “Recuerdos”.

¿Cuántas veces se han sentado en la mesa de un bar a platicar con un grupo de amigos anécdotas del pasado?,  travesuras escolares, viajes memorables y relaciones amorosas bailan en las bocas de todos y son infaltables en ese pacto de amistad que uno firma con el corazón desde el inicio. Las anécdotas son contadas infinidad de veces a través de los años, como si cada nueva vez tomara una fuerza descomunal y se reafirmara la naturaleza de los hechos. Las anécdotas se vuelven, entonces, el único medio para revivir el momento, para volver a entrar en ese estado de exaltación, para aferrarnos a algo que ya no existe físicamente pero con la fuerza de todos los que comparten el hecho lograr que pase de nuevo, que ese instante, aunque sea diminuto, alcance para llenar el júbilo que al parecer tenemos escaseado.

Pero ¿Qué pasa con los recuerdos que preferimos guardar?, esos que son capaces de arrojar nuestro ánimo al vacío y que desearíamos no haber presenciado. Un corazón roto, una muerte desafortunada, el fracaso y el líder del contingente, la decepción personal también forman parte de los invitados a este festín mundano llamado vida. A mi parecer, éstos son los más importantes pues, en gran medida, ayudan a formar un carácter, ayudan a valorar esas pequeñas grandes cosas que uno puede pasar desapercibidas fácilmente pues estamos acostumbrados a ir caminando por el mundo con la mirada fija en nuestros pies. Estos recuerdos nos hacen ser, nos complementan perfectamente y nos comparten lecciones personalizadas de vida, hay que caer para saber levantarse. Bien dicen que sin los malos tiempos, los buenos no serían tan buenos y es una afirmación completamente cierta, hay que vivir un poco de todo y saber apreciar esos detalles que hacen de la vida algo que vale la pena.

El regreso requiere un grado considerable de valentía, es direccionar el rumbo hacia algo que ya se escribió y que es imborrable, lo único que somos capaces de hacer es tomar lo aprendido, no olvidar el qué y el cómo de nuestros actos y sentimientos, empezar a escribir lentamente la continuación de la novela y ser fiel a la esencia. Es un recorrido complicado, pero muy satisfactorio cuando es real. 



martes, 24 de septiembre de 2013

Futuro imperfecto, subjuntivo y condicional. José Antonio Olmedo López-Amor

Árboles secos.  José Antonio Olmedo López-Amor


El futuro es ese lugar imaginado donde viven los sueños, las esperanzas, un lugar al que nos encaminamos por senderos distintos, el inhóspito mar que irremediablemente abrazará las corrientes humanas de nuestras azarosas vidas . Algunos se empeñan en oscurecer ese futuro, o tal vez en manipularlo para que discurra a su antojo y aunque sabemos que gran parte de ese devenir lo configura el pasado, por suerte no hay matemática posible que vaticine su resultado final, o debería decir su desenlace final, ya que ese resultado como cima y cumbre de toda vida o inteligencia pensante es sin duda la muerte.
El futuro es el lugar donde pasaremos el resto de nuestra vida, por tanto durante nuestro presente invertimos toda nuestra organización y energía para intentar garantizar que la felicidad formará parte de ese acontecer que nos espera, volcamos todo lo que somos intentando influir en el albedrío del caos que seguramente no escuchará nuestras peticiones, pero nos tranquiliza intentarlo.
Hay personas que aceptan su vida tal y como viene, que no les asusta lo que el futuro les depare, otros desean averiguarlo de antemano y ponen sus ilusiones y dinero en manos de videntes. Los hay que no piensan en el mañana, como también los que todo lo que hacen es pensando en ese tiempo, y sin embargo no hay futuro para todos, y su cúpula de cristal de resquebraja por momentos en función de nuestros actos.
¿A qué tipo de futuro podemos aspirar viviendo en una sociedad corrompida que no es más que una dictadura disfrazada?. Si obedecemos, sin duda optamos a un futuro de sumisión y sufrimiento, si desobedecemos, cambiaremos la sumisión por lucha, pero persistiremos en el sufrimiento ya que luchar no significa vencer. Sin duda como sociedad nos hemos equivocado, hay líneas que nunca debimos traspasar, y si hoy podemos llenar hojas enteras con todas nuestros desengaños y atropellos, quizá sea por haber tomado decisiones a la ligera o por no haber cuestionado a quien manipulaba los hilos.
Si el sistema fracasa, el futuro debería estar en manos del pueblo, debemos comenzar un protocolo de emergencia, pero lejos de votos en urnas y de politiqueos jerárquicos, lejos de todo lo que ha fracasado fehacientemente. El pasado nos enseña que la Historia ha sido escrita con sangre, con explotación, con guerras, con una flagrante vulneración de los derechos humanos, los presentes deben ser siempre una transición, pero para aspirar a algo más hay que aprender de lo vivido y no ir repitiendo los errores.
Soñamos la grandeza de bellezas no ocurridas, porque venimos de lo tristemente acontecido, e ignoramos que quizá en lo venidero es donde la realidad reserva toda su crudeza.
Venimos de un extenso y dilatado pasado constatado, vivimos el más breve tiempo que existe, el presente, y estamos condenados a desarrollarnos y morir en un futuro incierto y desconocido que será el continente y testigo del universal porvenir.
En la filosofía del “nunca tiempo” el eterno presente es la creencia de que el pasado y el futuro son irreales y el presente es el único y constatable bastión en que vivimos.
Tanto el pasado, como el presente o el futuro son ámbitos del Tiempo, esa cuarta dimensión que nos flagela y somete a sus escarnios, y el ser humano, en su intento por trascender al imposible ha inventado el Arte o la Religión, disciplinas que luchan contra el veredicto de la Ciencia o el Pensamiento, materias que nos tachan de efímeros e insignificantes.

Mientras exista la vida habrá un futuro para alguien y cuando ya no exista un ápice de ella, seguirá muriendo un presente para que nazca un futuro, continuará el eviterno ciclo mecánico del Universo más allá de nosotros y de nuestras tentativas. Entretanto, seguiremos escudriñando los posos del café, las cartas o las bolas de cristal con el ansia de encontrar un atisbo de futuro, seguiremos padeciendo esa necesidad de saber qué nos espera más allá del mañana porque está en nuestra naturaleza conocer los secretos que duermen en lo desconocido, entre otras cosas, para dejar de temerlo.



miércoles, 8 de junio de 2011

¿Qué harás con ese poder? Juan Carlos Aguirre A.

Antropológica y biológicamente estamos diseñados para buscar, conseguir y ejercer el poder en cualquier nivel; desde un marido o una mujer que manda en la casa hasta el presidente de un país que, en oscuras conversaciones, trama en secreto perversidades contra otro país en beneficio propio.

La tentación del poder es casi irresistible: estamos hechos para desear el poder. Conseguirlo es disfrutar de un placer que roza lo infinito. No hay nada más deseable que el poder. Hay muchas vías para poseerlo pero muy pocos los consiguen. Lo normal es que lleguemos a poseerlo efímeramente, en relativos lapsos de tiempo. El ser humano desde su etapa de primate hasta nuestros días siempre buscó el poder. Está en nuestros genes, en nuestra mentalidad. Cuando no ejerce ningún tipo de poder se siente impedido, como discapacitado. Peor aún si está bajo el sometimiento de alguien que ejerce el poder contra él o ella. Es así que los mecanismos de defensa se activan y quiere revertir esa situación: es así que busca el poder. Por ejemplo, si a un mono le das poder para vencer al jefe de la manada no dudaría en tomarlo y vencerlo. Igualmente el hombre moderno tiene la misma necesidad de poder.

Así, pues, nuestra naturaleza humana es imperfecta porque queremos poseer y ejercer el poder sobre otro(s). Somos unos ‘caníbales’ intelectuales; queremos que nuestro pensamiento e ideología esté por encima de los demás. Incluso, a los viejos maestros de las humanidades y las ciencias les leemos, aprehendemos de ellos, pero en el fondo les despreciamos porque nos creemos superiores a ellos. Y en algunos casos lo somos. Por ello, la imperfección humana no nos deja otra alternativa más que seguir la estela de nuestra imperfección. Es decir, de nuestra naturaleza propiamente dicha. Entonces, pues, si en algún momento de tu breve (en el sentido amplio del tiempo en el universo que para efectos prácticos es nada) vida llegaras a poseer poco o mucho poder, úsalo. Si no lo haces otro lo hará por ti y te sumirá en sus designios. A efectos prácticos el poder siempre se desvanece en el tiempo: no dura, y si lo hace siempre acaba mal. Poseer un poder ilimitado es una condena segura. Moderadas dosis de poder de vez en cuando viene bastante bien. Sobre todo si entendemos que el poder no es cosa de juegos.

Es mejor el siguiente poder que voy a contar: el poder sobre uno mismo.

Sí bien, ejercer poder sobre los demás en algún momento es bueno y útil para la autoestima, también es secundario. El poder sobre los demás va en un segundo plano. El verdadero poder es sobre uno mismo, y con esto no quiero decir que sea represivo, no. Controlar nuestra imperfección es la tarea del poder sobre uno mismo. Esta imperfección que nos empuja en la búsqueda de poder externo debe ser controlada por el poder interno.

Controlar nuestra naturaleza imperfecta es lo más parecido a la perfección; viejo dilema de la vida: aquella búsqueda del equilibrio que nos es esquivo. El ser humano de por sí es un animal. Evolucionado, pero animal. Solo basta ver qué es capaz de hacer, hasta dónde puede llegar para ejercer el poder. Y si el control de las imperfecciones de nuestra naturaleza es escaso o nulo, pues, es dictar una sentencia contra nosotros mismos.


viernes, 25 de diciembre de 2009

Melodías de hoy de la juventud sónica. Oswaldo Pérez Cabrera




La música invade la atmósfera a una velocidad instantánea. Como si fuera una ola fantástica que ha roto cerca de mí, me arrastra el ruido blanco contra la pared. Puede llegar tan alto, que se convierte en viento oponiendo resistencia a mis embates rumbo al escenario. El grupo se encuentra en trance, totalmente sumergidos en la experiencia y la experimentación. La música es un espíritu que posesiona. Tiene vida propia y se mete en los humanos para hacernos felices y ayudarnos a descargar todas las malas vibras. Esa noche Sonic Youth o “la juventud sónica” mostró el culto a la música y decidí dedicarme más tiempo a ella. Pasar la voz. Cada concierto de grupos con nombres que podrán ser desconocidos para muchos, pero que tocan por el gusto de hacerlo, con el alma llena, me invade esa sensación de orgasmo auditivo y cada vez decido compartirlos más. Decido seguir haciendo radio. La música es una terapia deliciosa. La música crea movimientos, conceptos muchas veces tan abstractos que pocos entienden. La música también puede ser concreta o matemática, ha sido estudiada y experimentada hasta más no poder durante siglos y siglos. La música nos ha acompañado desde que hay registro de la historia. Es alegría y sin embargo es una energía invisible, incorpórea, incolora, que destruye la objetividad para ir a estrellarse en la subjetividad. Es los sonidos haciendo el amor, melodías inconclusas porque la música puede ser infinita.

La energía de muchas bandas nos recuerda que la música también sirve como arma poderosa para rebelarnos pacíficamente en contra de las tiranías y falsas morales. Hay que fomentar los festivales y la música en vivo. En donde la música se vaya colando entre los árboles y las musas se sientan más libres para sacudirnos del polvo de la ciudad y de la rutina del trabajo y del estar hablando negativamente y podernos cargar positivamente de decibeles.

Creo que fue por el año 2000 cuando agarré un micrófono en CITR 101.9 FM. En Vancouver, Canadá. Era verano y el punk latino hizo su incursión en el ya existente The Morning After Show comandado por Jeremy Baker. Meses después Jeremy tomó una oferta en The Beat en Victoria y tomé las riendas del show para poder diseminar toda la música local y de nuestros países. Romper con la manipulación auditiva a la que somos sometidos escuchando las mismas canciones de hace 20 años, la puta nostalgia ochentera, como si no se hiciera nada nuevo, como si muchos grupos no necesitaran de exposición a las masas. Luchando por conquistar su arte sin muchos apoyos porque las estaciones comerciales solo les interesa vender publicidad y poner el TOP 30 de los 70s y 80s para que la gente reconozca la melodía y siga ignorante de las nuevas tendencias perdiéndose la oportunidad de descubrir nuevos sonidos. Hay que cambiar y dejar la música vieja para los elevadores y aeropuertos.
Tu futura canción favorita está en The Morning After Show, es pendenciera, rebelde y apasionada. Tu futura canción favorita te estará acompañando durante estos años y puede ser de autoría local. Puramente independiente. Libre de contaminación comercial y encargos restrictivos.

La música tiene mensajes, la música influye en los estados de ánimo, la música te hace recordar, la música tiene esa característica mutable que le permite poseerte de acuerdo a lo que necesites, ella sabe hacerte reflexionar. Hay que entregarse a ella, no sólo oír los sonidos porque entonces se convierte en una cacofonía estrecha.


Escuche The Morning After Show todos los Martes de las 11:30 AM Hora de Vancouver en el 101.9 Fm o en el www.citr.ca con la mejor música independiente de Canadá, Latinoamérica y el mundo. Descargue el show en www.citr.ca en schedule los Martes pinche The Morning After Show y encontrará todos los shows para que los puede tener en su computadora para siempre. Para mayor información www.myspace.com/sonicvortex para saber más de música independiente de Vancouver y canadá www.vanmusic.ca

sábado, 19 de diciembre de 2009

Porta, el rock y la cultura de masas. Sara R. Gallardo.


La música está llena de tópicos: el grunge desaliñado, el punk con cresta, el rockero con chupa de cuero y el raper con pantalones anchos. Y, a pesar de esto, hay música más políticamente correcta que otra. Nunca oirás a un diplomático o a un futbolista decir en una entrevista que le gusta toda la música salvo el rock. Porque el rock es una de las bases culturales de la sociedad occidental. El siglo XX no se entiende sin él, son innumerables los artistas que han sido influenciados por los grupos míticos del gran género. Es prácticamente intocable. No pasa lo mismo con el rap, más joven, más inexperto y tildado de inmaduro; cuna, para algunos, de vándalos, machistas y descerebrados. Da la impresión de que el rap sí se puede despreciar públicamente, porque ningún intelectual o estudioso va a rechistar.
Del mismo modo que del padre rock and roll han nacido muchos tipos de música, entre ellas, el género comercial por excelencia, el pop-rock, también el rap está siendo objeto de una evolución interna notable. Existen ya cadenas de música que se denominan a sí mismas de Hip-hop, pero que emiten únicamente el mainstream: Jay-Z, 50 Cent, Nas, Nelly y (cómo olvidarlo) Eminem. En España ya despuntan los raperos comerciales “aceptados” por la masa y, casualmente, denostados por loshiphoperos más veteranos: Santaflow, Haze y Porta, el que más polémica ha levantado por la fuerza con la que ha penetrado en casi cualquier tipo de oyente ajeno al rap. Otros, a pesar de ser los que más venden, se salvan por su trayectoria y seriedad: SFDK, Nach, Mala Rodríguez, Toteking o Violadores del Verso.
Hay una sección del rap que se aleja del mensaje y la profundidad y ha optado por algo más desenfadado: estribillos pegadizos, chicas en bikini y pose de típico rapero de postal. Hablamos de, por ejemplo, Spanish Fly, que dejó atrás su poco afortunado grupo Triple XXX, para apostar por cantantes der&b como Flavio Rodríguez, más interesados en los culos y las tetas que en la cultura en general o la delHip-hop en particular, influyendo en la ya negativa imagen que se tiene del movimiento.



No hay que olvidar que en España todo llega con retraso. El primer disco de rap publicado en este país fue Rap’in Madrid, allá por 1989. Habrá que ver si dentro de otros 20 años la sociedad sólo se ha quedado en la superficie, los tacos y el egocentrismo de los MC’s, o si ha desechado los prejuicios y ha indagado en este tipo de música que se postula como algo más que un género. Y saldremos de dudas en cuanto literatos o pintores reconocidos comiencen a declarar su pasión por el rap y lo mucho que les ha marcado en sus vidas y en sus obras.

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