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miércoles, 26 de diciembre de 2012

No hay desengaño. Erebus




Una lágrima por la mejilla,
los ojos cerrados,
los abrí antes y me arrepiento,
si cerrarlos es soñar,
y el sueño es bello,
por mucho que sea irreal,
prefiero morir en la celda de mi reino,
que mojar el suelo con una lágrima más.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El desengaño primigenio. Erebus






I. Las fuentes.

Según recientes investigaciones, llevadas acabo por los sabios de la Academia de Historia Arqueológica de Francia, el desengaño está casi en la misma sustancia de la que estamos hechos. Arrojan este sorprendente resultado, a la luz de ciertos pergaminos hallados en tierras semitas, que parecen narrar una versión hasta ahora desconocida del Génesis bíblico. En esta se descubre que aquellos hombres ya poseían una visión metafórica de la realidad bastante desencantada.
No nos ha llegado el nombre del escritor, poeta, profeta o autor de dichos pergaminos, si bien se puede considerar bastante afortunado el mero hecho de haberlos encontrado. A continuación y en exclusiva, trasladaré el contenido de dichos pergaminos, a los que he tenido acceso en mi última visita a la sede de la Academia en París.

II. Un Génesis muy diferente.

En la Eternidad sin tiempo antes de la Creación, nada había más que Dios y su Gloria. El Infinito era su morada y la única luz que existía estaba en su Ser.
Entonces decidió dar la luz al Infinito, y así fue creado el mundo.
Creó a continuación mares, cielo, estrellas, Sol, nubes y tierra y pobló toda su extensión de criaturas que le agradaban, y vio que era bueno.
Creado estaba el mundo, desde las altas montañas y las colinas cubiertas de hierba verde y musgo hasta el último arroyuelo del último confín, pero vio que algo faltaba, y así concibió crear al hombre.
Quiso crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, pero pensó que algo estaba mal. Pensó el buen Dios que un simple paraíso terrenal y una vida ilimitada no serían suficiente para calmar el dolor que surgiría en su nueva criatura al verse desprovista de casi todos los poderes y capacidades de los que el propio Dios gozaba. Viendo que la razón que iba a implantar en su creación iba a ser un peso excesivo para su alma y su cuerpo, resolvió que vivirían en el paraíso terrenal, protegidos de los dolores del mundo exterior, y desprovistos de ojos y oídos, pudiendo sólo percibir de la manera más primitiva posible; mediante el tacto, el gusto y el olfato.
Pensó el providente Dios que bastaría hacer que el hombre se viera inmerso en un mundo de oscuridad y silencio para que no lo atormentaran horizontes imposibles de traspasar, ni le causara desdicha alguna el sonido repetido mañana tras mañana del pájaro cantando al invisible alba, y así obró en su infinita sabiduría.
Adán y Eva, los dos primeros seres humanos fueron creados por Dios de su propia materia y puestos en el Paraíso para que disfrutaran una vida eterna repleta de dicha.

III. La vida en la dichosa oscuridad.

Tal y como Dios había designado, Adán y Eva fueron inmensamente felices en el Paraíso, y nada conseguía empañar esta dicha. Vivían en un mundo oscuro y carente de todo sonido, pero con esta carencia, habían ganado una unión entre ellos, con la naturaleza y con Dios como si aún siguiesen en su Eterno Regazo. De hecho, eran como niños en el vientre de su madre. Conocían el tacto y el olor de todas las cosas buenas del mundo, y eran puros e inocentes, hasta cuando sus manos tocaban el cuerpo desnudo del otro. Nada había que pudiera hacerles daño o mal en tal estado, salvo una cosa...

IV. La auténtica naturaleza del Árbol de la Ciencia.

Con todo, había una cosa que Dios había ocultado por su bien a Adán y a Eva: el Árbol de la Ciencia. Para que no pudieran llegar a éste y a sus frutos, lo había puesto en lo alto de una montaña con un pico casi inaccesible.
Allí, en ese lugar remoto frío y hostil, se encontraba erguido aquel árbol verde y frondoso que daba sus frutos ajeno al entorno en el que se hallaba.
Su copa señalaba hacia lo más alto desde la cima, al hogar de Dios, donde los humanos tenían prohibido habitar.
Mas un día, el espíritu que un día se reveló contra el Creador, se apareció a nuestros primeros padres en forma de corriente de aire, y arrulló en sus corazones palabras que no conocían y les incitó a seguirlo hasta el final de la corriente. Así es como paso a paso, se fueron acercando al árbol sin que ningún obstáculo pudiera impedírselo. Subieron al final a la montaña, y la corriente se detuvo en el momento en el que las manos de Eva y Adán se posaron sobre los suaves frutos del árbol prohibido.

V. El final de la Edad de Oro.

Nunca llegaron a plantearse con su inocencia si aquello estaba prohibido, pues sus corazones eran puros y Dios nunca les había hablado de aquel sitio.
Comieron de los frutos del árbol como hubieran comido de cualquier otra cosa, y por cierto que les parecieron deliciosos, pues comieron con fruición aquella sabrosa carne que nunca antes habían probado.

VI. El principio de la nueva era.

Tan pronto como terminaron de comer, el fruto hizo sus efectos. Les salieron ojos en la cara y orejas en la cabeza. Atónitos y asustados por primera vez en sus vidas, contemplaron desde la cima de la montaña su feliz morada, y vieron como el dedo de Dios salía de una nube señalando al Edén, y como este se transformaba en cuestión de un instante en un desolado desierto, y el pico de la montaña en la que se hallaban, en un pedrusco en mitad de la nada.
Oyeron por primera vez la voz de Dios, que les decía que ya que habían elegido aquel camino, iban a conocer lo que era el sufrimiento. Ahora se sentirían afligidos por los sentidos, y la muerte estaría presente en sus vidas, que tendrían que ganarse con esfuerzo y dolor.
Atribulados, con pena en el corazón, con el recuerdo del Paraíso aún presente, y con un futuro tan incierto como el horizonte que ahora podían ver, empezaron a andar cabizbajos a buscar el primer sustento y el primer cobijo de sus vidas. La dicha y el reposo de la oscuridad y el silencio ya sólo se encontraría en sus sueños. Ya nada sería lo mismo, lo perdido jamás se podría recuperar, y sólo quedaba como opción tratar de emular con ingenio la dicha que un día les perteneció. El desengaño y las ganas de burlar a la muerte y al dolor serían ya su herencia para siempre.






Tras el pseudónimo Erebus, se parapeta Marco Portillo, burgalés licenciado en filosofía sin título, misántropo universal atrincherado a muerte en su casa, escritor a ratos y colaborador ocasional de esta humilde manque enjundiosa fanzine.  

domingo, 20 de noviembre de 2011

El signo: Una muerte suspendida . Marco Portillo (Erebus)



Fotografía realizada por Marco Portillo (Erebus)



Macabra ilusión constante,
Como el reflejo en un espejo,
Traidora como ella sola,
Día tras día se va repitiendo,
Como si la muerte y el cambio,
Hubieran sido desterrados,
Por siempre,
Por siempre lo mismo,
Las mismas calles,
Las mismas caras,
Las mismas horas,
Pasando una tras otra,
Y luego volviendo a empezar;

Se parece a una maldición inmensa,
Lanzada por algún malvado hechicero,
Sólo que no hay maldición,
Sólo que no hay malvado hechicero,
Sólo nosotros,
Haciendo día tras día lo mismo,
Día tras día, las mismas calles,
Las mismas caras, las mismas horas,
Dando vueltas y vueltas,
En el reloj, en el cielo, en el corazón, en la sangre,
Durmiendo poco a poco a la vida, al alma,
Que poco a poco va languideciendo,
Perdiéndose, durmiéndose,
Diluyéndose como polvo en el agua de un vaso,
Que una mano siniestra agita una vez tras otra,
Hasta hacerlo desaparecer todo,
En un triste fundido en gris,
Sólo que no hay polvo,
No hay agua, no hay vaso, no hay mano siniestra,
Tan sólo tu aburrimiento, el mio,
Miles de vidas que por dentro se agostan,
Se marchitan,
Sin haberse usado,
Sin haber disfrutado, sin una razón,
Nada, nada, nada,
Tan sólo fundido en gris,
Y de vez en cuando nos acordamos,
Pero estamos con suerte demasiado ocupados,
Como para hacer algo,
O tal vez hay algo que nos lo recuerda,
De manera enigmática,
Pero a la vez precisa, certera, brutal,
Una marca en el asfalto,
En la muda piedra ennegrecida por la suciedad,
A la vista de aquellos que no ven lo usual;

Un ocho tumbado,
Durmiendo su sueño infinito en un lecho ignominioso,
Como una indicación de un camino a seguir,
Un acertado y cruel recuerdo,
De que mañana volverás a pasar por ahí,
Y aunque sea de noche,
Y la tenue luz de las farolas,
Apenas llegué al dibujo,
Pintado en negro sobre sucio gris oscuro,
La verás, sin duda la verás al pasar,
Tan bien como si brillara,
Y sabrás que nada ha cambiado,
Y que mañana todo habrá de ser lo mismo,
Que no has conseguido escapar,
Que sigues ahí quieto,
Moviéndote en círculos,
Tal como indica en la piedra el dibujo maldito,
Y tal vez pensé que sí que había un mago malvado,
Y que la ciudad entera es un matraz inmenso,
Relleno de vidas que son aplastadas todos los días,
Por el mortero de ese mago terrible,
Que nos mantiene dormidos, en el engaño,
Pero tal vez no,
Tal vez no sea más que un dibujo sin sentido,
Tal vez a partir de mañana ya no vuelva a pasar nunca por allí.




http://espacioenlasnubes.blogspot.com/


lunes, 10 de enero de 2011

Baraja. Marco Portillo (Erebus)

Se recomienda imprimir, recortar, pegar...





El comienzo: Un paso al frente.

Por una de esas casualidades de la vida, uno tiene que despertarse, y luego, además, levantarse.
Donde te despiertes y te levantes, determinará en muchos casos tu posición en esta vida. Que te
despiertes siempre en un lugar que reconoces de la noche anterior no tiene porque obedecer a
ninguna ley causal. Tal vez no te levantes de la cama porque te acostases en esa precisa cama.
Quizás cada día es un círculo irrepetible y único. Un cosmos efímero (que bien nos sentimos
cuando utilizamos la palabra precisa, ¡Ja ja ja!). Tal vez la cama en la que te levantaste hoy
sólo se parece a la de ayer por casualidad, y cada día es una extraña jugada de la vida. Pero para
comprobarlo, habrá que abrir los ojos, levantarse y dar un paso al frente.

Paso al Norte: El día que espera.

Pasando el cuarto de estar se llega al balcón. El día es maravilloso cuando aún no ha empezado. El
aire sólo te parece fresco porque aún conservas el calor del lecho. No importa que la ciudad esté
llena de contaminación y hasta en los pisos altos huela a humo de coche. No importa que a lo lejos
suene una ambulancia o miles de ellas anunciando una especie de fin del mundo a son de sirena.
No importa que la barandilla esté helada. La agarro con las dos manos y la aprieto para sentir bien
el frío. Insisto; todavía medio dormido, la mañana es maravillosa, y esa mezcla de atontamiento
en la cabeza y frío, tratando de entrar en las manos aún calientes, mientras cierro los ojos y respiro
hondo, es como una droga. Aunque ahora que me doy cuenta, tengo los pies helados. Se me
olvidaron las zapatillas. Vuelvo dentro.

Paso al Sur: Retirada.

Despertar es un acto mecánico. Todo biología, procesos químicos y cosas de esas. Te despiertas y
punto. Otra cosa es que te levantes. Ahí ya intervienen muchas cosas, algunas como la voluntad,
lo que hayas hecho antes de irte a dormir, lo cómoda que sea la cama en la que te encuentres, o
lo que puedas aguantar hasta tener que ir al baño o a la cocina. Pero si no hay cama, y creo que
tampoco baño, ni cocina y estoy sobre una maldita roca haciendo una “v” al revés con la espalda,
supongo que no es el momento de ponerse a pensar si he dormido o no las ocho horas de sueño que
necesito para no estar todo el día cansado, susceptible y ofensivamente sarcástico. Empieza a llover
y no creo que esto sea el parque de ninguna ciudad que conozca. De hecho, llamar parque a esto es
ser demasiado generoso. Con suerte podría llamarlo páramo desolado. Tal vez esté en mitad de la
meseta castellana, en Siberia, o en Marte, que para el caso vienen a ser el mismo lugar con distintos
nombres. Debería empezar a caminar, a ver si llego a algún sitio desde el que pueda volver a casa.
Ya me enteraré de cómo demonios he acabado aquí (o no). De momento toca retirada.

Paso al Oeste: Espejo de intenciones.

Al principio, justo después de la Creación, el dios Opisces quiso hacer un ser que tuviera energía,
que se moviera y, que al igual que él, pudiera crear cosas con las manos, y así creó a los primeros
humanos, muy diferentes de los actuales. Estos humanos en seguida entendieron el poder que
el dios les había dado, y le desafiaron, creando con sus manos toda clase de criaturas y objetos
aberrantes y monstruosos. El dios les castigó. Transformó sus cuerpos en objetos que sólo podían
reflejar lo que tenían delante y les privó de todo movimiento. Así fueron creados los espejos, y
después fue creada la estirpe humana de la que todos procedemos. Por eso los espejos sólo pueden
reflejar lo que tienen delante. Porque se les privó de su facultad de crear. A todos, claro, menos al
que está en mi cuarto de baño, que no sólo te refleja tal y como eres en apariencia física, sino que
refleja tus intenciones, y tal vez lo que él quiere. Me levanto y lo primero que hago es ir al baño, a
descargar el depósito y a ver que sale en el espejo. Esta mañana salgo con la apariencia de Saladino.
¡A cortar cabezas cruzadas! Este espejo está como una cabra. A ver como la armo hoy.

Paso al Este: Mañanas masivas.

Ningún día puede empezar bien sin un buen desayuno. La máxima aspiración de alguien que quiera
comerse el mundo, es primero saquear la cocina con orden, método y a dos manos. Voy a la cocina
lo primero de todo y abro la nevera. Dos yogures, el brick de leche, dos donuts, un plátano, tres
manzanas, una lata de atún, un paquete de jamón de york y el brick de zumo. Me siento en la mesa
de la cocina y procedo con el banquete. Mientras degluto todo con cara de bobalicón contento, miro
las puertas del armario de la cocina. Lo miro y pienso “ahora te tocará a tí también”. Después de
acabar con lo sustraído de la ahora blanca y vacía nevera, paso a arrasar el armario de la cocina.
Veinte minutos y siete sonoros eructos más tarde, había exterminado todo rastro de comestible de la
faz de la cocina. Me vuelvo a la cama. Hasta mañana.

Paso hacia arriba: Desde aquí… o desde allí.

Un paso hacia arriba no se da como se da un paso en cualquier otra dirección. Hace falta tener las
cosas muy claras. Que la hoja parroquial vale un euro con cincuenta céntimos, que la mayonesa
caduca dentro de dos meses y te la encontrarás en la nevera criando moho verde, que hasta la calle
hay exactamente cincuenta y nueve escalones que muchas veces no apetece ni bajar ni subir. Si
das un paso en cualquier otra dirección, ya no estás en el paso hacia arriba, porque para dar el paso
hacia arriba, no tienes que ser el que va al norte, al sur, al este o al oeste. Tienes que ser el que ha
dispuesto que ese pobre no tiene otra cosa que hacer que elegir entre cuatro direcciones o no ser
nada. Que no puede saber cuándo caduca la mayonesa, porque no le has puesto mayonesa en la
nevera. Que la hoja parroquial no vale uno con cincuenta porque ahí vale dos, y que los cincuenta y
nueve ni son cincuenta y nueve ni son nada porque hay ascensor. Por decirlo de forma más sencilla,
que sólo es libre el que posee esta carta, que es la del que crea en papel a un ser que sólo puede
moverse en cuatro direcciones imaginarias que ya estaban decididas de antemano. Esta carta es la
marca de la única libertad auténtica posible.




Bajo el pseudónimo de Erebus se oculta Marco Portillo, estudiante de Filosofía en la Universidad de Valladolid e intento de poeta y prosista a tiempo parcial.
Entre sus logros se cuentan seguir (des)ateniendo su blog ya por más de dos años (http://espacioenlasnubes.blogspot.com), haber publicado un microrrelato en la revista de la biblioteca pública de Burgos “Plaza San Juan”, haber quedado finalista en la edición 2009 del concurso de microrrelatos “Bardeblás”, haber publicado casi de milagro algunas cosillas en LaFanzine y no empanarse de casi nada en esta vida.

viernes, 15 de octubre de 2010

Rey del Edén. Marco Portillo

Rey del Edén,
Brillando desde tu trono de felicidad inefable,
Gobernando batallones de almas puras como ángeles,
Siendo tú mismo luz y sustento eterno de todo el lugar,
Ciego ante las maquinaciones y arrullos de tu enemigo el tiempo,
Ignorante de las crueldades del destructor de mundos, cambio,
Los hombres te han soñado miles de veces,
Y han anhelado tu reino y tu corona inmutables,
Con mezcla de fuego e imprudencia en su vanidad y en su sangre;

Han ignorado látigos, espadas, piras, guerras, sabiduría, edades,
Y han ido a buscarte allí dondequiera que creyeran que te encontrabas;
En un libro, en una página, en una palabra, en un océano, en una isla,
En un continente,
Todo en vano, todo perdido;

Rey del Edén,
Han querido con manos de sangre tocar tu corona de aire,
Abrazarse como niños a tu barba de sueño,
Seguir tu estela de rayos,
Imitar tu dominio de cuento,
Y se han dado de bruces con el suelo,
Abonado con los cuerpos de las víctimas de tan caro deseo.




Reseña autobiográfica.

Bajo el pseudónimo de Erebus se oculta Marco Portillo, estudiante de Filosofía en la
Universidad de Valladolid e intento de poeta y prosista a tiempo parcial.

Entre sus logros se cuentan seguir manteniendo su blog ya por más de dos años http://espacioenlasnubes.blogspot.com), haber publicado un microrrelato en la revista de la biblioteca pública de Burgos “Plaza San Juan”, haber quedado finalista en la edición 2009 del concurso de microrrelatos “Bardeblás”, haber publicado casi de milagro algunas cosillas en La Fanzine y no empanarse de casi nada en esta vida.

lunes, 22 de marzo de 2010

Siesta. Ángel Rodríguez (Voltios) + Estaremos esperando la noche.Marco Portillo (Erebus)


Estaremos esperando a la noche,

Danzaremos ante el Sol moribundo,

Y cuando el cielo haya perdido su radiación,

Perderemos la luz que nos cubre de oscuridad,

Y vagaremos bajo estrellas y farolas,

En busca del elixir que nos devuelva a los ojos,

Los destellos que no perdimos cuando la luz se marchó del mundo,

El recuerdo de un mundo real y puro,

Que sólo aflora en nuestras mentes por la noche,

Cuando la ilusión de los rascacielos,

De la fama, del poder, del dinero, se desvanece,

Y sólo queda el brillo de nuestros ojos,

Pidiendo que la noche dure para siempre,

Y que instalemos aquí nuestro reino,

Para que podamos quitar el espeso velo,

Que quedó oscureciendo al mediodía,

Y a todos los que bajo él caminan,

Y que hizo de la fugaz noche nuestro único refugio;

¡Brinda por nosotros, amigo!

Y quédate aquí conmigo,

Y verás todo esto que quiero mostrarte,

Así estaremos esperando a la noche,

Estaremos esperando a la noche...


Bajo el pseudónimo de Erebus se esconde Marco Portillo, estudiante de Filosofía en la Universidad de Valladolid e intento de poeta y prosista a tiempo parcial.

Entre sus logros se cuentan seguir manteniendo su blog ya por más de dos años (http://espacioenlasnubes.blogspot.com), haber publicado un microrrelato en la revista de la biblioteca pública de Burgos “Plaza San Juan”, haber quedado finalista en la edición 2009 del concurso de microrrelatos “Bardeblás” y no empanarse de casi nada en esta vida.


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