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miércoles, 9 de febrero de 2011

La Elección. Velpister

Cierras los ojos. Un bareto de Los vinos. Una tarde perdida, agotando los restos de vuestro fracaso, ya no quedan muchas astillas a las que agarraros y os encontráis como dos náufragos, camináis hasta allí por inercia. Inertes. Bebéis para soportaros. Ya no se ríe de tu risa, la detesta sin disimulos. Resignado, aburrido. Quieres estar con ella, pero estás deseando quedarte solo. Ya nada os une, no como antes, vuestras charlas, las discusiones, la literatura, tus dibujos ni vuestros cuentos ni el piano ni el sexo. Todo perdido, lo sabéis. Quiere apurar el final, pero tú te resistes. No mucho, de todos modos quieres quedarte solo. En la barra, no recuerdas por qué, esperando a que os cobren o simplemente de pie, pasa un camarero. Se agacha a coger un librillo de papel en el suelo, a tus pies.

-¿Es vuestro esto?

Lo mueve impaciente delante de vuestras caras.

Piensas. ¿Es mío? Sí ¿Debe serlo? Porro o mamada. Porro o mamada.

-Sí. Es mío. Gracias.

Se enfada. Tenéis una discusión inútil.

-¿Cómo que es tuyo? Te recrimina cuando se aleja el camarero.

-Pues ya ves.

-Sabes que no me gusta.

-Pues ya ves.

Os veis un par de veces más, sólo os queda despediros a conciencia, saber que no os perseguiréis, que no os desearéis, que todo queda claro, que no queréis despediros siquiera con un beso.

Y hoy que te va así de mal y a ella todo, absolutamente todo, le va bien y sigue siendo tan lista y arrebatadora, te verá aquí, arrugado, pequeño y pensará:

-¿Ves? Tenías que haber elegido mamada.

Muchas veces piensas en aquello. Te echas con los ojos cerrados y recuerdas aquella mamada que no fue. Después todo se te pasa y repites.

-Elegí bien.


Papel de fumar JOB.

sábado, 9 de octubre de 2010

Pepito. Velpister



Siempre tenía los ojos húmedos, pero no creo que llorase. Cuando íbamos a verlo agarraba con fuerza los barrotes. No nos daba pena. Solíamos reírnos de Pepito. Sabíamos que era extraordinariamente fuerte y peligroso, por eso tenía que estar encerrado. No le guardaba rencor por lo que me hizo, pero le temía. Todos le teníamos miedo. Le llevábamos uvas, se las comía aunque estuviesen podridas, alargaba los morros a través de las rejas, se las dábamos una a una, era divertido. Las habíamos cogido en un cultivo colindante con la finca, arriesgándonos a que el dueño nos pillase con su escopeta de postas de sal. Si algún día Pepito se escapara, quizás se acordaría de las uvas y no nos partiría en dos, como nos habían dicho que hizo con un niño. Un año o dos antes, había ido por primera vez de visita, yo y dos de mis hermanos a aquella especie de cárcel utópica y sin dueño. Pepito ya estaba preso, pero no encerrado, si no agarrado por una cadena, el habitáculo que ocupaba no tenía barrotes en la ventana, así que podía encaramarse sobre ella. No había ningún vigilante, poco antes nos avisaron, eso sí, de que no nos acercáramos demasiado. Estaba allí, con los ojos húmedos, mirándonos desde el momento en el que llegamos. La cadena no le daba demasiada libertad de movimientos. Estaba rodeado de sus excrementos, cientos de moscas y avispas zumbaban a su alrededor. Nos acercamos despacio. Como parecía tranquilo y amistoso, nos acercamos un poco más. Le llamamos por su nombre. 




De repente me cogió.
Pepito, un chimpancé enorme, me agarró por el pelo. Estábamos en el repugnante zoo de Bemposta, La Ciudad de los Muchachos. Las instalaciones eran penosas, y la seguridad inexistente. Tiraba de mí con todas sus fuerzas, sentí como me los arrancaba casi por completo. Hice fuerza para que no consiguiese cogerme del cuello, mi hermana tiraba de mí, mi hermano se quedó paralizado, siempre fue un cobardicas. Cuando se le soltaba una mano porque ya no había pelos que agarrar, inmediatamente volvía a asirme fuertemente de un nuevo mechón. Patri no me soltó, gritaba. No había nadie para ayudarnos. Marius estaba mudo, seguramente a punto de desmayarse. En cuanto a mí, no recuerdo haber gritado, no recuerdo tampoco que me temblasen las piernas, lo único que debía hacer era soltarme, tirar y tirar, no extender los brazos para que el animal no pudiese agarrarme de ellos, estaría perdido. Si me hubiese cogido me habría partido en dos como a aquel niño. Siempre tuve un pelo de mierda, muy fino y quebradizo, pelo de rata, como decía mi madre. Por eso Pepito no me mató aquel día. No le guardé rencor, prácticamente me dejó sin pelo, pero volvió a crecer. Hoy estoy calvo. No, no es cierto, casi calvo, me queda una pelusa repugnante que no acaba de caerse. A menudo he pensado que este pelo que no se me cae es el que Pepito me arrancó y volvió a nacer sin ninguna convicción para ya nunca desaparecer, por si otro chimpancé me volviese a atacar. 




Aquel día pudo morir un niño, partido en dos, en las instalaciones de Bemposta, La Ciudad de los Muchachos.



http://velpister.blogspot.com

http://velpisterpinturas.blogspot.com




viernes, 1 de enero de 2010

Amelia. Velpister


No estábamos enamorados, pero todos queríamos bailar con ella. Recuerdo aquellos primeros guateques: tan candorosos. No humo de tabaco, no hachís, no alcohol. Música pop (algo de rock suave) y sonrisas pícaras y tímidas. Todo era limpio y sano, nunca se acababa con vómitos en las esquinas, no había peleas de borrachos, sin ataques de tos por los porros, a nadie le picaba la nariz ni tenía la boca anestesiada. Teníamos que estar de vuelta en casa a las nueve.

Por aquel entonces lo máximo a lo que nos atrevíamos era a bailar con alguna de las virginales chicas de nuestra pandilla, pero nadie bailaba lento, sólo música movida. Algunos nos quedábamos de pie o sentados en una esquina, hablando a gritos, mirando a las chicas, especialmente a Amelia. Hablábamos de lo que se podía hablar a aquella edad, de alguna película de vaqueros o de Bruce Lee, de Starkey y Hutch y de Amelia. No la nombrábamos directamente, tampoco los sentimientos que nos provocaba. Era guapa, no muy alta, atrevida y muy generosa, recuerdo también que no era especialmente simpática, pero eso sí, era la razón más importante para que estuviéramos todos allí, nadie lo decía abiertamente pero, en el fondo, cada uno de nosotros tenía una razón primordial: bailar con ella. Incluso el resto de las chicas estaban al corriente de nuestras motivaciones. Existía por su parte una mezcla de conformidad y desprecio, aunque ninguna lo expresaba abiertamente.

Como si se tratase de una norma, se ponían cinco o seis canciones lentas en total a lo largo de la jornada y Amelia, que no hacía diferencias ni tenía favoritos, iba sacando cada vez a uno de nosotros a bailar. En cuanto a mí, que siempre fui una sombra silenciosa, no sabía muy bien de qué iba aquello. Nunca había bailado con Amelia ni con ninguna otra chica. Supongo que esperaba que tarde o temprano me tocara, o no, la verdad es que no lo recuerdo. Entonces, de la esquina oscura en la que me encontraba donde creo recordar que charlaba con Sebas, la mano firme y decidida de Amelia me agarró y sin mediar palabra me llevó al centro de la pista, donde se abrazó a mí. En ese momento comprendí todo, el por qué estábamos allí, el por qué estaba yo, el por qué estaba vivo, el por qué iba creciendo y la razón de ser de mi diminuto pito, que en ese momento empezó a convertirse en lo que es hoy (nada especial, no es eso). La música lenta y melódica nos envolvía, estábamos solos entre la multitud de ojos burlones que nos miraban. Amelia era una chica que había desarrollado prematuramente, y sus pechos no eran de niña. Se apretaba contra mí, en ese sentido era excepcionalmente generosa porque se preocupaba de que no hubiese ni un milímetro de separación entre los dos. Yo sentía con toda claridad sus dos tetas, podía sentir su redondez y los pezones, su respiración, su olor mezcla de agua de colonia infantil y sudor, la suave piel de su cara contra la mía.

Cuando acabamos, uno de la pandilla se reía nerviosamente mientras me daba palmaditas en la espalda. Yo no le seguí el juego e hice como que no entendía qué quería decir.

Cuando voy conduciendo con el coche y suena una canción hortera, una de aquellas que se ponían en los guateques, me acuerdo de Amelia y de sus tetas. Siempre le estaré agradecido. Ninguno estaba enamorado de ella, pero todos queríamos abrazarla.

martes, 22 de septiembre de 2009

Velpister (Peter Jensen). LA BOCA SECA. piano, pintura y poesía. + NO LLoRES.


-->BIOGRAFÍA: Velpister (Peter Jensen), Barcelona, 1970.

Pintor, ilustrador, escenógrafo, pianista, compositor y un poco escritor. Ha realizado exposiciones por diferentes ciudades españolas y europeas. Realiza habitualmente recitales de piano y poesía, decorando el escenario con sus creaciones pictóricas. Incluye en sus repertorios de concierto piezas de compositores clásicos y composiciones propias. En 2006 y 2007 monta un espectáculo musical y teatral que ha llamado Musicoplastidrama, con bailarines, cantantes, músicos diversos y actores, decorando el escenario con grandes cuadros que suben y bajan en función de la obra musical representada. Ha realizado ilustraciones para libros de poesía y cuentos infantiles. Además sus textos van casi siempre acompañados de sus propias ilustraciones. Actualmente está preparando un nuevo repertorio pianístico para realizar una gira de conciertos, además está a la espera de publicar su primer libro de relatos, con sus ilustraciones.

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