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viernes, 19 de octubre de 2012

Museo Venecia. Alberto Medina


Desamor, desecho de la rutina, es una Venecia recién anegada por las frías aguas.

Vivos en el hundimiento, nos mantienen en pie las espinas inseparables de nuestra carne.

Salvémonos de la corrupción que lo ahoga todo en orgullosas ruinas sumergidas, ondulante espejo de tedio.

Sin rescoldos de su fundación. Un museo de incendios polvorientos y olvidados, nuestros incendios, salas vacías.

Taxidermia viva del hogar, a salvo de las polillas. Sí, pero también de nosotros.

Rueda la bola de cristal de un souvenir hortera, comprado en un polvoriento museo, gira y de un falso cielo sobre una ciudad de cartón nos llueven lágrimas de plástico y purpurina.



jueves, 18 de agosto de 2011

No tengo nada más que distancia. Alberto Medina


A la izquierda de mi dolor, al tacto con mis dedos

un canto rodado se humedece, llora en mis huellas, la nostalgia

de la mar, los bolsillos llenos con piedras de playa, gotas de mar

van de las lágrimas por tu añoranza a mis bolsillos agujereados.

Rotos, y sin tus manos dentro para taparlos. Muy lejos

en el frío, tus orejeras te susurran mi cálida primavera

y te sonrojas en lo más íntimo de tu blanco invierno.

Nuestros viernes siempre están lejos

qué pasos tan cortos dan los días para tanta distancia.




Alberto Medina

martes, 15 de febrero de 2011

Soy tiempo. Alberto Medina

Si la edad  viene dada por la experiencia, yo he llegado a la mía por  la insolente imprudencia de la juventud. Arrojé mi tiempo contra el suelo. Un reloj de arena es un circo de pulgas amaestradas para medir el tiempo, con la disciplina de quien conoce el látigo, se escurren con precisión de metrónomo.  

Era temprano aún en el cielo gris y en mis días, aburrido de ver la arena escurrirse de un lado a otro como aliento entre mis dedos, con curiosidad de entomólogo lo estampo contra el suelo, el reloj estalla en una ola de vidrio desguazado y arena fina. Los inasibles granos de arena resbalan por el suelo, gotas de tiempo amargo, de su caparazón cristalizado en sal dorada estiran unas patitas de alambre transparente, arena corriendo sobre arena, marea seca, correteando inquietas con pasos silenciosos como lo enfermedad. Huyen en todas direcciones a mi alrededor. 

Tras un parpadeo de cristales rotos  el reloj recupera su voluntad, los segundos se han liberado en una duna de arena viva, su memoria reconoce en cada montón una fracción de tiempo, estos insectos, si insectos es la palabra mas adecuada, por instinto vuelven una y otra vez a imitar los patrones de tiempo que han pasado: segundos, minutos, representados en una pantomima de fina arena. Encuentran en mí el rastro del tiempo vivo, y se amontonan una última vez. 

Me han reconocido como víctima del tiempo y vienen hacia mí, escurriéndose juntas como por un cuello de botella, pequeñas arañas que creen seguir dentro de su reloj y desaparecen a mis pies por dentro del pantalón, no siento su paso por mi cuerpo, sólo alcanzo ver a una escabullirse en una arruga de mi mano. Recojo del suelo un pedazo brillante de vidrio, un trozo de reloj sin tiempo en su interior, me miro en el reflejo y veo una araña tan frágil como un copo de nieve perderse en los pliegues de mi parpado. Me desvisto desesperado y tiro la ropa sobre los cristales esparcidos. Busco en toda arruga, es un surco nuevo que van tejiendo las arañas a su paso, entran por la comisura de los labios, chirrían sus cuerpos de arena entre los dientes. 

Las arañas incansables siguen tejiendo sus arrugas por mi cuerpo, surcos y pliegues en mi geografía. Muy agotado, avejentado y desnudo, ahora las veo, delicados granos de cristal de arena tendiendo puentes de hilo con mi piel, las sacudo con la mano y caen como tierra inerte al suelo. Motas de polvo transparente que se absorben con mi respiración, se levantan otra vez hacia mí. Trepan de arruga en arruga, agarradas con sus patitas de alambre en cada surco y pliegue que tejieron en mi piel con la seda del tiempo. Me tumbo cansado, arrugado, cubierto por una tersa red. No son arrugas, no, el paso del tiempo es una tela de araña tejida con piel, con mis latidos, con el eco de mis latidos.




http://kokichuelo.wordpress.com/

viernes, 14 de enero de 2011

Zoo. Alberto Medina



En el zoo ilógico donde me pongo en pie todas las mañanas, cada visitante entra con sus propias rejas bajo el brazo. Nos afanamos con esmero en atraer espectadores, que con la misma intención construyen sus jaulas. Todos hemos pagado la entrada, pero ninguno mira el zoo.
Cuando las rejas son las fronteras de mi piel. El hambre, lo único que me mantiene con vida.


lunes, 28 de junio de 2010

Utopía. Alberto Medina


Una calle urbanizada con nuestras costillas. Nuevos cachorros abandonados, con sus
reproches oprimiéndonos el collar de castigo.

Una calle donde siempre se va la luz. Y al volver de su exilio le han robado unos metros
de su posición. Una trinchera más atrás que ayer.

El puzzle de hormigón y varillas donde un país caga y sueña. Construido con perros
obedientes, resentidos, que se han ido meando por todas las esquinas de nuestras
casas nuevas. Debajo del oropel de nuestros chalés, ¿qué hay sino sudor y orina?

Un bulevar, donde la felicidad se retira en cómodos plazos, una bolsa negra hinchada
de juramentos lixiviados, que los usureros con su ruidoso camión recogen cada noche.
Hasta que no das crédito a tu vida.



http://kokichuelo.wordpress.com/

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