viernes, 4 de febrero de 2011

Ecos. José Antonio Fernández

Saber que el tiempo sigue masticando
desde la comisura de las uñas
hasta el barniz que las protege,
rascando el entramado y la carcoma,
dejando al descubierto los cementos
formados como anillos de los años
que transcurren, vencidos en la arruga
de una pestaña sin colágeno,
y no tener el sello de la firma,
la cruz, o el visto bueno de un notario
que decida una prórroga o, al menos,
escriturar un epitafio más sincero.


Querer comenzar
desde el principio, aunque, ya se sabe,
que cada día, siempre, es un comienzo,
eso dijo el optimista,
pero la ojera pesa mucho
y deja descubierto un ojo
maquillado con finos alfileres,
esos que el tiempo engarza en la laringe
como infinitas cuentas de un rosario.


Y aunque ya tenga decidido que hoy,
si me levanto,
optaré por la puerta de la izquierda,
sé, de antemano, que mi brazo tonto
decidirá la llave equivocada.


Saber que el tiempo, al fin y al cabo,
es el grano que falta en el reloj
de arena de una playa removida,
con eso ya me basta
para estirar la hamaca y esperar
el recorrido de la gota,
para aguantar un soplo arrepentido
que arrancaría de cuajo el árbol
sin raíces y sin costuras,
que apagaría la mecha del candil
dejando, sólo, la voluta de que estuve.







José Antonio Fernández, 1963 en Terrassa (Barcelona).
Publicación en revistas literarias. Ganador de la XXV edición del “Premio Cálamo de
Poesía Erótica” 2010, con el poemario “La eterna pubertad de Lino”.
2º Premio del “I Concurso Internacional de Poemas Yolanda Sáenz de Tejada” 2010.
Finalista del “I concurso de Microrrelatos Lorenzo Silva” 2010.
Participación en antologías de poesía y de microrrelatos.
Varios poemarios y libros de microrrelatos inéditos.
Su blog: “Autorretrato en espejo convexo”: http://joseantoniofs.blogspot.com/

jueves, 3 de febrero de 2011

Un lugar para enterrar extraños. Rebaños. Maximiliano Spreaf

Nublas el sol del mediodía, pariendo estrellas,
Sin bocas, sin ojos, sin manos, que astucia la tuya!!
Dejarnos mudos, ciegos y profanos!
Roja sangre en los canales, acueductos, manantiales,
Víboras negras, amarillas, azules, rojas y verdes,
Casas muertas de tanta mierda suelta, de hijos de padres,
De lectores, de rebaños que corren para el mismo lado siempre.
Mangas cortas, pechos helados, puntiagudos, icebergs
Quebrados, mustios, quemados, cortados, manchados.

Itou Kouichi

Arte efímero en Caño Argales

Extraído de El Norte de Castilla.



El diseñador Ginés Martínez sorprende cada semana con las obras 'anónimas' que coloca en la columna publicitaria de la plaza

03.02.11 - 00:29 - 

Arte efímero en Caño Argales
Ginés Martínez coloca su última creación en la columna de la plaza Caño Argales. :: HENAR SASTRE
Son una gozosa sorpresa cotidiana para cientos de personas, para los peatones que a diario pasean por Caño Argales y que, con suerte, sobre todo si es domingo por la mañana, pueden encontrarse con uno de los dibujos que alguien ha colocado en la columna publicitaria que hay en mitad de la plaza. Con billetes o enchufes, con elefantes o pacientes que se echan colirio en los ojos. El objetivo es sorprender al espectador callejero, lanzarle un mensaje que atrape su vista durante unos segundos. Arte efímero a la intemperie. Sin firma. Aunque con autor. Su nombre es Ginés Martínez. Dibujante. Diseñador. Artista callejero.
«Buscaba una manera de publicar mis dibujos y hacerlo con un formato novedoso, distinto. Yo no tengo galerías, no estoy dentro de ese circuito más profesional, no participo de rollos así...» Así que se buscó la calle como alternativa. Al principio bastaban paredes, muros, «pero no es tan sencillo, te para la policía, te multan...» Ahora prefiere las columnas de expresión libre (así se llaman en la ordenanza antivandalismo). «Son legales y tengo una cerca de casa». La de Caño Argales.
Desde antes del verano pasado, casi una vez por semana baja a la calle con sus dibujos, con un cubo y cola para pegar sus creaciones. Suele hacerlo los domingos por la mañana. ¿Por qué? Pues para que duren más. Si lo hiciera un jueves, un martes, un miércoles, su dibujo quedaría rápidamente sepultado por los carteles que la Junta, el Ayuntamiento u otras administraciones colocan para promocionar conciertos o actividades en los centros cívicos. Es curioso, porque debajo de la publicidad de una exposición de macramé, de acuarelas o taracea se encuentran decenas de dibujos colocados por Ginés semana tras semana.
«El proceso que sigo para hacerlos es un poco casero», afirma. «Diseño los dibujos en una libreta y luego, con un programa informático con el que puedes ampliarlos y distribuirlos en cuadrículas, lo preparo para imprimirlo» (cartucho negro) en 20 folios -tamaño A-4, claro-, lo que da como resultado unos murales de cerca de dos metros de altura. Un cubo con cola y rodillo hacen el resto. «Al final, de todo esto queda sólo la foto», reconoce. En horas vendrán otros carteles que ocultarán su trabajo, por lo que se trata de una acción «demasiado romántica, una visión que defiende el arte en la calle y de la que me siento muy cercano». «Yo no lo hago por ningún tipo de reconocimiento -a mí eso me da un poco la risa- lo hago porque me lo paso bien, porque me divierte... y porque es una forma de compartir mi trabajo».
Claro, que no lo limita a Valladolid. Por ejemplo, durante un viaje a Nueva York, pegó una pegatina en una pared de Manhattan... y cuál no sería su sorpresa cuando, tiempo después, vio que su creación aparecía en una publicación estadounidense -'Stickers. From punk rock to contemporary art'- en la que se recopilaban los diseños artísticos de pegatinas colocadas en los muros de Nueva York.

Arte efímero en Caño Argales
Varios murales anteriores, fotografiados en blanco y negro por su autor. Representan un hombre en caída libre («a veces nos quedamos suspendidos en esa incertidumbre sin saber cómo o dónde será la caída»); un conector de enchufes, una bolsa de plástico («parece inevitable especular sobre lo que habrá en el oscuro fondo de las bolsas») y el retrato de John Shepherd Barron, inventor del cajero automático. :: G. M.

miércoles, 2 de febrero de 2011

E=mc2 (Punset is dead). Jorge M. Molinero

El mando a distancia a un año luz
de distancia. Punset en el televisor.
(Le daremos una oportunidad, H. Simpson dixit)
Pereza. Desidia. Soñolencia.
Hinchazón tras la cabezadita, rebañando
sangre a mi cerebro. Mi dedo y medio
de frente. Punset en el televisor
susurra pausado sobre que el Tiempo
es Relativo o algo así.
Una foto. Dos colegas con el pelo largo,
qué jóvenes éramos. Hoy
olvidaste sacar parecidos a los tíos del bar.
Mudaste la piel y
arrinconaste el sonido de una carcajada.
Pisas las líneas de todas las baldosas,
tiraste el escudo del capitán.
Punset en el televisor. Lleva razón,
tú y yo no estamos envejeciendo a la par.




jorge m. molinero



bio:

miss camiseta mojada en el disco bar Bocachio en el 97

suplente habitual, novio abandonado, oveja negra

poeta de INculto, masoquista, ávido lector de Mortadelo

y Superlópez

pichacorta, inconstante, vago, misántropo y jacobino


una joya, vamos

martes, 1 de febrero de 2011

Tiempo. Enrique Pérez (Kiz)



Descubro el rap y el graffiti a principios de los 90, en un Alicante lleno de buenos murales. Muchos años mirando escuchando y aprendiendo, esperando el momento adecuado, hasta que en 2006 por fin entro a formar parte activa de esa panda de locos que llenan de color propiedades ajenas. Actualmente miembro de los grupos BadArt y TPM.

Más en http://koolkiz.deviantart.com/gallery

lunes, 31 de enero de 2011

Esperando. Patricia O. (Patokata)

A través del cristal las gotas de lluvia, las nubes negras de un día gris.
Las manos apoyadas sobre la fría superficie y los ojos que esperan...
La esperanza en la ansiedad de cada instante que transcurre y que muere en cada minuto que quedó atrás.
Minutos que vuelven a ser presente al compás del corazón cuyos latidos no se resignan a perder la fe...de verlo aparecer en cualquier momento, corriendo la vida por la calle aún sabiendo que ésta se le fue de las manos y lo dejó sin piel...y lo dejó
sin ser...

Agosto 2010



Aullidos. Laura Calvo Martín

Espiro un alarido ahogado


camuflado de bostezo,


pero es tarde…


Esbozo una sonrisa torpe


camuflada de simpatía,


pero es pronto.


Espiro un alarido ahogado


que pide auxilio,


pero es tarde…


Esbozo una sonrisa torpe


que me tranquilice,


pero es pronto.





Laura Calvo Martín nace en Salamanca en 1983, en un día nublado y frío del mes de diciembre. Desde sus primeras palabras escritas hasta ahora ha pasado mucho tiempo, moldeando el significado y la forma de sus escritos, pero sin matar jamás al entusiasmo por narrar al mundo lo mundano, lo excepcional, lo narrable y lo innarrable.
Aún sin haber publicado todavía libro alguno, Laura trata de compartir sus ideas plasmándolas en blogs que nadan por la red, pequeños certámenes, y un cuaderno tamaño cuartilla que siempre la acompaña. Para todos, para algunos, o para nadie, ahí quedarán sus palabras.

domingo, 30 de enero de 2011

La niña rara y las flores amarillas. Paola Esteban

Una niña con los brazos abiertos y la cara levantada a una lluvia de
flores amarillas.


Un grupo de niñas con uniformes escolares. Un salón de música
vacío. Siete de la noche. Lápices y licor. Un bolsillo que guarda
las llaves de la cerradura de la Rotonda. Alcohol de 14 grados que
circula por las venas de cada una de las integrantes de ese grupo.
Un par de gafas que miran con asombro el movimiento de las pinzas,
faldas que luchan por entrar en el recinto. Un asentimiento. El
resultado: una niña con la nariz y los oídos que expulsan su sangre
con olor a vino.


Una niña entra a un salón de clases. Niñas y más niñas la miran a
través de sus lentes de 4.0 en el ojo izquierdo y 4.5 en el ojo derecho.
Calor intenso, sudor, final de la clase.
-Se nota que usted sabe bastante.
-Más o menos.
-¿Por qué no sale con nosotras a descanso?
-Claro -los ojos del pequeño murciélago humano se iluminan.


Ocho de la noche. Una bola de heno corre por la imaginación de la
niña. Mira la calle sola frente a su casa, mira la verja sin el carro de
sus padres. No ha comido más que una sopa con sabor a agua y
un pan de doscientos pesos. Años noventa, jeans rotos, la música
agónica de Nirvana, las letras compungidas de Aterciopelados. La
misma niña con una escuadra de modistería canta con los pulmones
en la boca las viejas letras del rock en español de Soda Stereo.


A través de sus ojos los muebles giran, salta la mesa que sostiene
el televisor. Las luces apagadas permiten el destello de los ojos del
gato. Un trastorno. Nauseas, cae en uno de los sofás de la casa. Las


manos pierden sensibilidad, unas ligeras cosquillas las recorren y el
cuerpo se niega a levantarse de nuevo. Aún conserva la camisa del
uniforme. Una pantaloneta a cuadros rojos le hace juego. Las piernas
morenas, los brazos de color aún más oscuro. Los vecinos ven la
telenovela de las ocho. Las ocho. Los viejos a punto de aparecerse
por la puerta. Mimos, preguntas extraídas del recetario Cómo educar
a un hijo, trasmitido de generación en generación. Con las mismas
costumbres inútiles. Contesta. Suenan campanitas cerca de sus
oídos. Gira la cabeza, da la vuelta, los padres la miran. La niña está
de manicomio.


Seis de la mañana del día siguiente. Agua fría le golpea las gafas.
-Ya va tarde, levántese.


Unos lentes miran a través del vidrio de la puerta derecha del carro.
Árboles frondosos, jardines, flores, una construcción monacal. Unos
fantasmas que la resguardan, unas niñas que propagan la peste de
la adolescencia. El carro se detiene y la niña baja. Ningún pequeño
engendro la saluda antes de cruzar el umbral de la puerta.
-¿Trajo la tarea?


Diez de la mañana. Terminó la hora de descanso. Ha recorrido los
pasillos de un lado para el otro sin encontrar una palabra acertada
que le permita quedarse más de diez minutos en la conversación de
alguna rosca. No ha llevado la tarea y justo la pidieron. Un pequeño
regaño. Otro pequeño regaño. Una pequeña broma. Otra pequeña
broma. La profesora. Los padres. Las compañeras. Los nonos. El
sonrojo permanente y la costilla rota.


Otra vez la noche. Impávida con los lentes clavados en la luna. Junto
con ella el gato. Se entrecruza por sus piernas, pero no maúlla,
no emite gemidos. Con los de sus padres en el cuarto del lado, de
seguro, es suficiente. El calor del día se prolonga hasta la noche. Ella
aún está vestida con el uniforme.


-Vaya cámbiese, o es que le gusta mucho estudiar. Si así fuera con
las tareas como sería.
Una gota de sudor cae desde la frente de la mujer hasta su mano.
Corre al baño.


Pánico. Justo ahora el hombre grita a la mujer que la casa, el carro,
la beca y todo lo demás le pertenecen. No al desayuno. Bajo la mesa
se extiende el eco que el sonido del zapato emitió al chocar contra la
puerta del cuarto. Sus labios se cruzan hacia un lado. Ya presenció
esto antes. Un nuevo grito. El padre sale de la casa con el bolso de
viaje.


Otro día. El día D. El día en que la vida se vuelve una mierda. Las
llaves de la Rotonda. Sólo ella podría llevarlas. Sólo ella habría de
llevarlas para promover el desastre. Ella y su timidez: incapaz de
decir que no. Incapaz de percibir que el grupo de púberes infames
que antes ha salido con ella a descanso se embriagarán en la noche,
durante el concurso de canto. El concurso de canto. Las llaves. La
rotonda, el piano. Zapatos berlón que corren por el pasillo. Olor a
licor, sudor, niñas. La punzada en el estómago que indica la falta
de alimentos, el olor a estudiante adolescente que ha pasado el día
con el uniforme. La ropa blanca sucia. Las gafas empañadas, las
manos que sudan cuando se ve acorralada en la puerta, cuando
aquellas criaturas cerúleas con aliento a alcohol la presionan para
que entregue las llaves, para que entre con ellas al salón del piano,
para que no chiste ni emita sonidos.


Manos, muchas manos con las uñas largas, con los vellos impares.
Recorren la camisa que en par patadas está desabotonada, lápices
mojados en vino y aguardiente. Latigazos en las piernas. Otro golpe
en la costilla. Vida infantil y muerte adolescente. Un borrador que se
introduce en la oreja que emite dolores de auxilio. Una fosa nasal
que ya no huele. Unos dedos largos que acarician los recién nacidos
senos y otros más pequeños que se introducen bajo la falda. Unos


ojos grandes que examinan la boca. Unas piernas que aprietan la
cadera. Risas y gemidos. Gemidos temibles, risas macabras. Un
impacto en el suelo: las llaves.
-Ahora sí, cierre.


Llanto. En la portería en número telefónico para llamar a mamá. Unas
cuencas que examinan a la niña con la falda ensangrentada, con la
camisa rota, con las medias manchadas de rojo. Con unas manos
que tiemblan. Un automóvil. Un rostro moreno, de una tez más
intensa que la suya.
-Y ahora, ¿qué le vamos a decir a su papá?


Un odio que durará toda la vida. Una costilla que dolerá hasta que
encuentre agallas para cortarse las venas, una, otra y otra vez. Hasta
que no calcule mal el tiempo, hasta que no falle.


Una mujer con la mirada perdida, con una hoja en la mano, mientras
ve arder el fuego de los árboles cercanos.









Reseña biográfica:

Comencé a escribir por una necesidad específica e imperiosa: necesitaba terminar mi último
grado de la secundaria y no lo haría a menos que participara en un concurso de cuento. Estudié
periodismo y he trabajado buscando crónicas de vida en la ciudad donde vivo, en Colombia, que es
pequeña y cuyos personajes parecen estar contados. Así que entre buscar y buscar me encontré
con la historia de una chica bulímica, cuyo diario escribí en el periódico para el que trabajo y
que significó un premio de periodismo: Premio CPB (Círculo de periodistas de Bogotá, 2008).
La literatura estuvo presente y antes, con un cuento de este mismo tema “La delgadez perfecta
(2006)”, fue partícipe de la Antología de la novísima narrativa hispanoamericana. Y aquí voy.
Escribo a intervalos por mi trabajo, pero es más fuerte que yo lo que tengo que decir.

miércoles, 26 de enero de 2011

Un lugar para enterrar extraños. Lunes. Maximiliano Spreaf

Nublado, aburrido, malpensado día el de hoy. No va a haber sol
que saque a relucir las carnes grises de los viejos y los psicópatas.
El se canso de su propia culpa y colgó una soga al amparo de su
inconciencia.
Ella no quiere que la lastimen más diciéndole narigona de mierda.
El despisto en una relación demasiado fuerte para su destino de
cartonero.
Ella ve que acostarse con su padre no fue la solución a ninguno de
sus problemas.
El se acuerda de la nena que dejo caer al vacío.
Ella se arranco la cabeza una noche y mato de veintidós puñaladas
su dignidad.
El corre sin mirar a los costados.
Ella se tropezó con su propio abrazo y se lo llevo de parranda.
El no la quiere ni cruzar porque no sabría que decirle.
Somos todos.

 Itou Kouichi


jueves, 20 de enero de 2011

La Fanzine #5: Libertad en La Milonga


La Milonga
C/ Padilla, 2
Valladolid




Si tú también quieres ayudarnos a difundir La Fanzine, puedes descargar el quinto número desde este enlace.

La Fanzine recomienda:

Copistería Graffios. Prado de la Madalena 16, Valladolid.

Copistería Celeste: Imperial 18, Valladolid.


Envíanos una foto de La Fanzine en el lugar donde la dejes y la dirección del sitio a la0fanzine@gmail.com

¡Fotocopia y difunde!

miércoles, 19 de enero de 2011

Un lugar para enterrar extraños. El Perro. Maximiliano Spreaf

Se levanto temprano porque le pedían a gritos que abra la puerta.
Alguien golpeaba y gritaba en su puerta esa mañana.
No entendía, estaba aturdida de sueño todavía, con la resaca de la
noche anterior. Tanteo con su mano derecha el celular, que se
había convertido hacia unos años ya en su reloj despertador, eran
las siete y media de la mañana. Generalmente a esa hora ella era
nadie. No existía.
Habían pasado meses desde el día que se quedo sin trabajo.
Mirando el celular, y escuchando los golpes y los gritos,
recordaba la caminata de regreso a su casa en la mañana que la
despidieron diciéndole que había finalizado su contrato con la
empresa. Se lo venia venir, hacia unas semanas varias de sus
compañeras de trabajo le decían que estaban cerca de los tres
meses de contrato y que en cualquier momento quedaban
afuera.,sin posibilidades de seguir trabajando ya que la empresa
tenia planes de reducir personal porque las cosas no andaban del
todo bien.
Los gritos y los golpes seguían. Era una mujer la del otro lado de
la puerta. Se la notaba desesperada, no paraba de dar fortísimos
golpes en la chapa de la puerta, como si quisiera derribarla. Ella
no alcanzaba a distinguir si era una voz conocida, ni siquiera
podía distinguir lo que gritaba. Trato de levantarse, busco con los
ojos casi cerrados algo de ropa. No veía nada. Los golpes se
hacían cada vez más violentos. Se sumaron varias voces.
Hombres y mujeres que gritaban con desesperación. Logro
entender que lo que decían era su nombre. Martina. Pero nada
mas, las demás palabras se morían en el intento de ser descifradas
por su cerebro, que en ese momento solo atinaba a poner en
funcionamiento débilmente sus piernas. Intentaba abrir más los
ojos, en esa intentona alcanzo a distinguir un resplandor que lo

atribuyo rápidamente a la ventana que tenia al lado casi de su
cama y por la que se metía a diario el sol y el ruido de los pibes
que jugaban en la calle, como era costumbre en su barrio.
Se recostó de nuevo, viendo que no había reacción en su cuerpo
para hacer nada.
Empezó a divagar, a recordar el barrio de cuando era una nena.
Todo había cambiado ahora. Desde la arquitectura hasta la misma
gente del barrio. La gente era distinta. Cuando era una niña había
jugado mucho en una especie de bosque de eucaliptos que había a
unas cuadras de su casa. Era todo un misterio entrar ahí y
descubrir las cosas que pasaban. Se acordaba de haber escuchado
las historias más escabrosas y más inverosímiles que
supuestamente habían pasado allí.
Desde hombres lobos, hasta suicidas frustrados que se colgaban
de los añosos árboles, haciendo una muy mala elección para
terminar con su vida. Porque es sabido que las ramas de los
eucaliptos son de las que más fácil se quiebran cuando el árbol ya
tiene varios años, y era así que en su intento lo único que lograban
era partirse en dos una pierna o la cadera.
Recordó que una vez caminando por los senderos que la misma
gente de tanto pasar una y otra vez habían dibujado entre los
árboles, encontró, no ya un suicida tratando de acabar con su
sufrimiento, sino un perro de gran tamaño, un doberman, atado
por el cuello con un grueso alambre y oscilando de un lado al otro
colgado de una gruesa rama. Se quedo paralizada de miedo ante la
escena. El perro aun estaba vivo y agonizaba lentamente. Se
pregunto quien le había hecho eso, y automáticamente le vino a la
cabeza la imagen de Vilma, su vecina, que odiaba a los perros y
mas de una vez la había escuchado decir que habría que matarlos
a todos o llamar de una buena vez a la perrera para que viniera
con sus lazos a llevárselos del barrio. Se quedo mirando el perro
colgado, aterrada. Sabía que no podía hacer nada. No tenia el
valor siquiera de acercarse un poco mas al animal. Hasta tenía
miedo de que al tratar de liberarlo o con solo acercarse, el perro se
soltara de golpe y la atacara. Comenzó a correr, alejándose
velozmente de ahí, mientras las lágrimas se agolpaban en sus
ojos.

Los golpes en la puerta se trasladaron también a la ventana.
Estallo el vidrio y la saco de sus recuerdos.
La casa se quemaba. Como su niñez.



La Fanzine #5: Libertad en ISSUU

La Fanzine #5: Libertad


Próximamente disponible para leer online en ISSUU y, por supuesto, ¡en la calle!


viernes, 14 de enero de 2011

Zoo. Alberto Medina



En el zoo ilógico donde me pongo en pie todas las mañanas, cada visitante entra con sus propias rejas bajo el brazo. Nos afanamos con esmero en atraer espectadores, que con la misma intención construyen sus jaulas. Todos hemos pagado la entrada, pero ninguno mira el zoo.
Cuando las rejas son las fronteras de mi piel. El hambre, lo único que me mantiene con vida.


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