viernes, 30 de marzo de 2012

SORTILEGIO DEL PECADO . Rubén Suárez Valverde

Aquí os dejo un poema erótico y nostálgico de Alaridos de un poeta. Cuenta entre sus pareados decasílabos y el isosilabismo perpetuo que se manifiesta dentro del poema, el proceso que lleva a la pasión desde las consoladoras copas hasta el vago rumor de las sábanas. Es una de esas historias en la que el sexo puede ser el inicio de algo hermoso, o simplemente, un escape mutuamente compasivo, corrompido por el despecho o vestido de insustancial e instintiva pasión. En este último caso cabe un dilema que se plante el poema: seguir con ello solo por esa razón, añadiendo la propia traición que te aleja de la soledad, convirtiéndose solo en eso, en compañía, y en un falso y vano remedio para olvidar un amor pasado (Amor Ajeno, poema de Alaridos de un Poeta) asegurando el dolor para ambos o una falsa com! placencia y alegría, o aceptar lo que fue y seguir cada uno por su camino. (Sé y conozco a gente que prefirió la falsa complacencia, los compadezco, los admiro y los maldigo). Aunque si el recuerdo de Don Nadie no te persigue ¿Por qué no seguir? Eso ya es una opción más limpia y fácil de tomar. Os dejo que disfruten del poema:





I


Te conocí varada en un bar
bebiendo sólo por no llorar
(¡ como si el efecto de un licor
aliviara a tu alma del dolor!)
Brindando por nuestros desamores
con copas de muy buenos licores
( sufríamos sí, pero con orgullo,
no nos haría callar un murmullo).
Nos contábamos nuestros pasados
parecíamos estar destinados,
y en la barra de aquel bar postrados
diciendo versos improvisados
te robé un beso sin darte cuenta,
aquellos besos de cenicienta…


II




Tomando la penúltima copa
a ti ya te iba sobrando ropa.
Decidimos irnos de aquel bar
pues ya estaba a punto de cerrar
y entre besos fuimos al hotel,
no di tregua a tus labios de miel.


Las farolas guiaban el camino
y alumbraban tu andar femenino,
aquel hechizo de tu cintura
que hechizaba a mi poca cordura
con el redoble de tus tacones
al ritmo de nuestros corazones.


III




Llegamos al hotel entre besos
y excitados hasta nuestros huesos,
abriste la puerta con cuidado
yo ya estaba medio desnudado.


Me elevaste a tu reino, el colchón,
en donde derrochabas pasión
con elegancia de fina dama,
eras mi dueña en aquella cama
y yo solamente un peregrino
errante por tu cuerpo divino,
sortilegio del carnal pecado,
lujuria, sexo desenfrenado…
o eso daba a entender tu mirada
tan felinamente maquillada
y tan provocadora y excitada,
que era digna de estar censurada.


IV


Perdido en las dunas de tu pecho
nos fundimos juntos en el lecho
entre mis besos y tus gemidos.
Llegando por tu cinco sentidos
al punto de fuga de tus piernas
que conquisté con caricias tiernas,
me sometí a tu danza perfecta
y tú anclaste en mi pasión erecta.


V




Eras un manantial de placer,
un licor de Venus que beber
para remediar mi soledad
tan invocada en la oscuridad
y así escapar de la identidad
que me atormentaba sin piedad.


VI




El fin de este mundo era tu piel
que llevaba por nombre Anabel,
tus labios la puerta del paraíso,
y si el Señor me da su permiso
diré que tu mirada marrón
era mi Dios y mi religión,
o simplemente eras mi adicción
en aquella angosta habitación.










VII


Ya con nuestros cuerpos consumidos
permanecimos allí dormidos,
ya con la pasión desvanecida
se marchitaba la noche herida
por el sol que lucía en la ventana
pues ya había llegado la mañana,
y con ella llegaron las dudas
¿Qué decían esas palabras mudas?
¿Qué decía el silencio al despertar?
¿Quién éramos en aquel lugar?
No sabíamos nuestra identidad,
ni si quiera éramos de esa ciudad.


VIII


No era nuestro destino seguir
con aquello…para que mentir…
espero no arrepentirme de ello
ya que pudo surgir algo bello,
pero no estábamos preparados
pues nuestros corazones quebrados
aún no habían conseguido olvidar,
y yo veo imposible eso de amar
si tu corazón no ha olvidado
aquel amor que ya esta pasado.


IX


Y tras esta verdad confesada
fui buscando mi ropa tirada
por el suelo de la habitación.
Me vestí con mucha precaución
porque yo no quería despertarte
aunque creo que ya lo hice el besarte
con ese beso…ese último beso…
ni las sábanas se acuerdan de eso.


El sol era cómplice de mi huida
mientras que tú te hacías la dormida,
yo ya sabía que estabas despierta 
cuando salí por aquella puerta,
pero tampoco te despediste
fue esa la última vez que me viste.


X




Me fui para seguir con mi vida
me marché a mi tierra, Fuensalida.
Allí esperaban pluma y papel
donde inmortalizarte Anabel,
y escribir la historia del hotel
recordando tus besos de miel.


Si es verdad que nos unió el destino
nos volverá a unir en el camino.

miércoles, 11 de enero de 2012

El Rectángulo Luminoso. David Garrido Navarro




Estaba sentado frente al televisor, mirando hacia el vacío de una pantalla hueca que intentaba desesperadamente llamar su atención sin conseguirlo. No, no veía nada de lo que aquel rectángulo grasiento y lleno de polvo le estaba vomitando a la cara. Ni siquiera veía los cuerpos hermosos y semidesnudos de aquellas chicas que desfilaban frente a él incitándole a que comprara un nuevo desodorante que, bajo sus sobacos, pondría en celo a toda hembra que se cruzase en su camino. No, aquellas chicas desfilaron en cueros ante sus ojos y él ni se enteró. Una pena, porque llevaba mucho tiempo sin comerse una rosca y aquel desodorante podría haberle venido de perlas. Tampoco se enteró de las ventajas de contratar una linea adsl con una compañía que parecía estar verdaderamente preocupada por el bienestar de sus clientes. Como preocupados estaban, pero por el medio ambiente, unos fabricantes de coches cuyos automóviles no solo no contaminaban, sino que además eliminaban residuos de la atmósfera. Y eran coches muy baratos, que además se podían pagar a plazos, con una financiación realmente atractiva. Él siguió sin reaccionar. De repente un yogur, aunque no un yogur cualquiera, era un yogur con no sé que bichitos que eran capaces de salvarle a uno la vida, pues te curaban el colesterol y, además, mientras lo hacían, a las chicas le ponían el cuerpo de Raquel Welch con 18 años y a los tíos los ponían cachas que te cagas. Y él sin prestar la más mínima atención. Una consola, un móvil, una colonia, otro coche, una cuenta bancaria, una película, unas zapatillas, un libro, un tercer coche, una cuenta bancaria distinta a la anterior, más yogures, cereales para hacer bien de vientre, una pastilla que te quitaba todos los dolores... Pero nada de nada, él siguió mirando sin ver, escuchando sin oír, dejando que todas esas cosas, diseñadas expresamente para satisfacer todas sus necesidades vitales, escaparan pasando por delante de sus narices. Y todo por estar pensando en otra cosa. Aquello era un ultraje, un insulto, una falta de respeto. Entonces un olor extraño le aguijoneó las fosas nasales. Era un olor agrio y cálido que le dejaba un gusto amargo en la punta de la lengua. "Ah, pero si soy yo", pensó tras resoplar aliviado. Luego se levantó y caminó hacia la nevera. La abrió y tras echar una mirada se dio cuenta de que había poco que mirar. Cogió medio tomate y se lo comió de un bocado. El tomate explotó entre sus dientes y su jugo le chorreó por la barbilla. Caminó hacia el sofá y se sentó en él de nuevo, bien repanchigado. Su carne blanda, casi viscosa, se esparció por el tresillo como el aceite sobre la sartén. Mientras, la televisión seguía mostrando el mundo tal y como era fuera de aquellos muros: perfecto. Aunque él continuaba ajeno a todo.
De repente sonó el teléfono. Tardó varios segundos en reaccionar, y cuando lo hizo fue lentamente, moviéndose despacio, sin prisa, como saliendo de un largo letargo.
-¿Quién es?
-Hijo, soy tu madre...
-Mamá... -mierda, se había olvidado por completo de que había quedado a cenar con ella.
-¿Vas a venir?
-Pues, verás, mamá, es que me ha surgido un compromiso y, en fin, lo siento mucho pero no voy a poder... ¿Qué tal si lo dejamos para mañana?
Su madre estuvo renegando un buen rato al otro lado del teléfono mientras él asentía sin despegar los labios. Al final se citaron para el día siguiente, a la hora de comer, y se despidieron con un beso. Y él regreso a su trono frente al televisor. Ahora había fútbol. Once tipos corrían tras el balón, yendo con prisa de un lado para otro. Era un deporte apasionante. Se trataba de meter el balón, de forma esférica, dentro de un rectángulo clavado al suelo por su base. El rectángulo, llamado vulgarmente portería, estaba custodiado por un jugador vestido con colores aún más chillones que los del resto de sus compañeros. A este jugador se le llamaba portero, y se le permitía coger la pelota con la mano. A los otros no, los otros solo podían usar los pies o la cabeza, o el culo, pero no las manos ni los brazos. De repente uno de los equipos marcó un gol y hubo una explosión de jubilo de tal calibre, que resultaría imposible describirla con palabras. Los compañeros persiguieron al autor de tal proeza y lo abatieron, luego se echaron encima de él fundiéndose todos en un abrazo. Él numerosísimo público que abarrotaba el estadio estalló con los jugadores y comenzaron a dar saltos agitando banderas y bufandas llenas de vistosos colores, escudos y símbolos, al tiempo que gritaban al unísono "gol"; que es el nombre que se le da al hecho de meter la pelota dentro de la portería. Y todos sonreían y saltaban, gritaban y se abrazaban... Había tanto amor en ese deporte. Pero aquel cúmulo de sensaciones no parecían afectarle a él en absoluto. De hecho, se había quedado dormido. Con las piernas despatarradas, los brazos desparramados, la cabeza levemente inclinada sobre su hombro izquierdo y la boca abierta, de no ser por sus ronquidos cualquiera lo hubiera dado por muerto. Pero no lo estaba, al menos no del todo, porque, aunque con dificultad, respirar, respiraba. Así estuvo una hora, quizá más, hasta que los gritos desaforados que salían de la pantalla lo despertaron. Abrió los ojos, gruñó, chascó saliva y luego miró hacia el televisor. Allí habían personas discutiendo. Hombres y mujeres, enfrentados como gladiadores en la arena, se gritaban y se insultaban mientras la audiencia aplaudía cada una de sus intervenciones. Era otro tipo de espectáculo, y aunque no habían balones ni porterías, parecía desatar las pasiones del público tanto como el anterior. Él se levantó y se fue al váter. Vació su vejiga y luego agarró un cigarrillo y salió al balcón. La noche lluviosa lo recibió con una bofetada de aire fresco. Abajo, en la calle, las luces de los coches brillaban borrosas, como desenfocadas. Todo era gris, la ciudad estaba en calma. Desde fuera todavía oía a esas personas chillar, aunque le resultaba difícil entender lo que decían. Acabó su cigarrillo y lo lanzó al vacío. Cuando entró en el comedor, los gritos habían cesado. Ahora un hombre le explicaba las ventajas de contratar un seguro que le protegería de todo tipo de accidentes y catástrofes. Y era barato, muy barato. Se puso el pijama; buscó el mando a distancia y apagó la tele. Luego caminó por el pasillo a oscuras hasta llegar a su cuarto. Se quito los pantuflos y se metió en el sobre. Entonces, como cada noche antes de dormir, hizo un repaso de las cosas que había hecho aquel día y también de las que haría al día siguiente. Y de repente, un montón de hermosas mujeres semidesnudas se colaron en su cerebro susurrándole el nombre de aquel desodorante que era capaz de ponerlas a todas en celo. Levantó el brazo y metió la nariz en el sobaco. Luego sacó la cabeza de entre las sábanas y dio un par de giros sobre la cama hasta encontrar la postura perfecta. La encontró y su cuerpo se fundió con el látex de su colchón. Ahora era imposible separarlos a ambos. Un pensamiento fugaz: era un hombre afortunado. Una pregunta retórica: ¿podía pedirle algo más a la vida? Metió de nuevo la cabeza bajo las sábanas y, tras sacarla otra vez, se dijo para sí mismo: "Bueno, quizá si debería comprar ese dichoso desodorante".



jueves, 1 de diciembre de 2011

Nunca pasa nada. Juan Antonio Hidalgo






El despertador tiene un sonido estridente en el piso casi vacío. Es demasiado temprano aún, las luces del alba ni siquiera han comenzado a aparecer por el horizon te, cuando suena, y Blanca se despierta sobresaltada. Oye a su pequeño llorar. Esta noche apenas lo ha oído, aunque tiene solo nueve meses y suele interrumpir el sueño de su madre cada noche con múltiples llantos.
Antes siquiera de pensar en lo que tiene que hacer ese día, Blanca acude a ver a su hijo, que duerme en una cuna regalada junto a su cama. El pequeño se calla nada más ver aparecer su cara. Le sonríe. Se ha acostumbrado a un rostro surcado por unas ojeras que aparecieron hace casi un año y que han apagado la belleza de su madre, que aún no ha cumplido los dieciocho.
Ella coge en brazos al pequeño, lo besa, lo abraza, y se lo lleva a la cocina, cantándole suavemente, al oído, mientras prepara su biberón. Después del desayuno, frugal en su caso, lo deja de nuevo en la cuna, limpia un poco la casa, recoge los restos de la cena del día anterior y se prepara para ir a trabajar. Abriga al pequeño, en la calle hace frío, y sale con él cerrando tras de sí la puerta del minúsculo piso en el que vive. Cuando cruza el portal de su bloque son las siete y media de la mañana.
Hasta la parada del autobús, Blanca tiene que caminar casi cinco minutos. Al menos tiene la suerte de poder llevarse a su hijo consigo. En el día de hoy tiene que recorrer la ciudad prácticamente de punta a punta. Blanca limpia casas. Es lo único que encontró. Al quedarse embarazada tuvo que abandonar los estudios y buscar algo con lo que mantenerse. Podía haberlo intentado con otra cosa, pero en ningún sitio le quisieron dar nada al ver su entonces incipiente barriga. Sus padres la echaron de casa y su primera idea fue irse con su novio. Aquello no funcionó. El chico no quiso saber nada de ella, y la madre de éste, temiendo que aquella niña pudiese manchar el buen nombre y la reputación de su familia, compró su silencio. Le dio un dinero que le permitió alquilar por unos meses un piso, del que decir que era de tamaño reducido sería decir mucho en su favor, y guardó algo para los meses en los que su estado le impidiera trabajar. Con lo que ganara hasta entonces intentaría sobrevivir durante ese tiempo y hasta que pudiese volver a buscar algo.



El autobús se detiene y Blanca se baja del mismo, cargada con una mochila con las cosas que necesita su niño a la espalda, y éste abrazado contra su pecho. El pequeño se ha quedado dormido. El ascensor parece estar esperándola y se abre en cuanto ella pulsa el botón de llamada. El piso al que va está en la quinta planta, y la familia está ya esperándola cuando ella llama al timbre. La señora de la casa es doctora, el señor abogado, los dos hijos estudian en la universidad. Blanca es tres años menor que el menor de los hijos de la familia. Todos la saludan a ella y a su hijo, que se ha despertado al salir del ascensor. El joven ha intentado invitar a Blanca a tomar algo alguna tarde, siempre cuando se encontraban a solas, sin padres ni hermana presentes, pero ella nunca ha aceptado, no cree que sea buena idea. Además, tampoco tendría dónde dejar a su pequeño. Ella no lo sabe, pero él no pierde las esperanzas de que algún día diga que sí. Y él tampoco lo sabe, pero ella nunca lo hará.
Tan sólo unos minutos después, todos los miembros de la familia se van de la casa, cada uno con un destino propio, y Blanca puede hacer su trabajo con tranquilidad. Siempre ocurre del mismo modo, dos veces por semana. Nunca hay novedad. Y hoy no va a ser diferente. Mientras su hijo duerme o se entretiene con alguno de sus juguetes, ella limpia la casa. A veces tiene que parar para alimentar o cambiar los pañales del pequeño. Pero son interrupciones breves. Cuatro horas después, cuando ella ya ha terminado, recoge las cosas de su hijo, las vuelve a guardar en su mochila, y sale de la casa tirando de la puerta que se cierra a sus espaldas.  
Ya en la calle vuelve a coger el autobús, otra línea distinta, ya casi se conoce el recorrido de todas. Es lo que tiene tener que limpiar siete hogares distintos, de lunes a sábado, sin descanso (salvo cuando la familia en cuestión se lo pide), repartidos por toda la ciudad. Cuando llega a su segunda casa del día son cerca de las doce y media, y su propietaria ya no está. Blanca abre con la llave que ésta le prestó. Es una ejecutiva de una agencia de publicidad, joven, bella y con una vida muy agitada. En los tres meses que Blanca lleva limpiado para ella, se ha encontrado allí, los sábados, que son los días que llega más temprano (y los que la ejecutiva se despierta más tarde) con siete chicos distintos.
Le gusta limpiar en esta casa. Le gusta estar aquí. Y le gustaría estar más tiempo. A decir verdad, le encantaría vivir aquí, desearía ser ella la ejecutiva de vida agitada, a la que envidia. El teléfono suena mientras ella limpia. Algo habitual en aquella casa. Blanca lo deja sonar hasta que salta el contestador. Una voz de hombre saluda a la dueña de la vivienda. Y le informa de que los resultados son claros y no existe la más mínima duda. Está embarazada. A Blanca se le cae el jarrón que tiene en las manos y acaba estrellándose contra el suelo. Se queda paralizada, aturdida. Quizás por que recuerda lo que sintió ella cuando escuchó la misma noticia de boca de su doctor, quizás teme por la dueña de la casa, por lo que pueda cambiar su vida y por lo que le pueda repercutir a ella directamente. O quizás se le acaba de derrumbar su mito y ya no desea tanto ocupar el lugar de la dueña de aquella casa en la que un jarrón acaba de estamparse contra el suelo y para lo que ella no tiene explicación que dar. Pero seguro que cuando la ejecutiva escuche el mensaje, el asunto del jarrón que falta deja de tener tanta importancia.
El autobús llega pronto a la parada. Blanca hace una pequeña pausa para tomar algo. Acaban de dar las tres de la tarde y, a diferencia del pequeño, que ya ha comido varias veces, ella no ha probado bocado desde el desayuno y ya le fallan las fuerzas. Aunque a lo que hace no puede llamarse precisamente almuerzo. Blanca come poco. No quiere ganar peso, aunque ya no pueda perder más. Y tampoco quiere gastar en sí más de lo estrictamente necesario. Su hijo es distinto. Lo daría todo por él. Pero ella no necesita tanto. Al menos eso es lo que Blanca piensa de sí misma.
La tercera casa del día está muy cerca del centro. A la vez, muy lejos de su piso. Es enorme. Antes de llegar aquí, Blanca pensaba que estas casas sólo existían en sitios como Hollywood, y que sus dueños eran las superestrellas de las películas que, antes de su embarazo, veía en el cine, y que ahora sólo veía por televisión. Pero ésta está aquí, en su propia ciudad, y sus dueños son un matrimonio de ancianos incapaces de sacarla adelante ellos solos. La casa es tan grande que ella tiene que limpiarla por partes, tres días a la semana. Salvo casos que se dan extrañamente, los ancianos siempre están allí. Se quedan con el pequeño mientras Blanca se encarga de su trabajo del día, en otra parte de la casa. Pagan bien, mejor que el resto, más de lo que ella había pedido. Blanca cree que están necesitados de compañía y que su presencia y la de su hijo allí les llena de vida. En el fondo, le dan lástima.
El sol está ya casi oculto por completo cuando llega de vuelta a su casa, con su hijo dormido en brazos. Cansada, muy cansada. Desnuda al pequeño, se desnuda ella, y se mete en la bañera que ha preparado, con agua ni demasiado caliente ni demasiado fría, para darse un baño con su hijo, que ya está despierto. Este es para ella el mejor momento del día. Blanca sale de la bañera con el pequeño, que se ríe mientras ella lo seca y juguetea con él. Prepara la comida del bebé y un sándwich con un vaso de cola para ella. El niño se duerme casi enseguida, ella poco después, frente a la televisión, que esta noche no ofrece nada de interés. Se despierta cuando lo oye llorar. Son algo más de las dos de la madrugada. El programa que estaba viendo ha cambiado por completo, y ahora una chica poco mayor que ella y con un gran escote grita pidiendo que la llamen para responder a no-se-qué pregunta. Mecánicamente, apaga el televisor y tras cambiar al pequeño se mete en la cama. Aún puede a provechar tres o cuatro horas más de sueño.
El zumbido ruidoso del despertador la saca de un sueño maravilloso que Blanca olvida al abrir los ojos. Se da cuenta de que está en la cama, pero lo último que recuerda es estar sentada en el sofá viendo la televisión. Su pequeño llora llamándola. Ella acude a verlo, le saluda, él sonríe, y todo lo demás pierde importancia. Aquello es lo que real y únicamente tiene valor para ella en la vida.
La primera casa del día está relativamente cerca. Si quisiera podría ir andando, pero prefiere tomar el autobús, aunque sólo sea para tres paradas. Los propietarios son un matrimonio joven de profesores que trabajan en escuelas diferentes. Tienen un hijo de dos años al que llevan a la guardería los dos, en días alternos. Hoy le toca a ella. Salen pronto de casa y Blanca empieza a hacer su trabajo. No sabe por qué, pero hoy le cuesta más, se siente más cansada. Y cuando termina, se sienta en el sillón un rato. Cuando se quiere dar cuenta ya han pasado dos horas, y aunque todavía queda tiempo para que los dueños regresen, se angustia, recoge sus cosas lo más rápidamente que puede y se va de allí.
Se monta en el autobús. Este camino, este día, no le gusta. Tiene que pasar por su antigua calle. Se asoma por la ventana y ve los balcones de su antigua casa, pero a ninguno de sus familiares.
El día en que Blanca descubrió que estaba embarazada hacía poco que había cumplido los dieciséis años. Su mundo se hundió. Lloró mucho cuando salió de la consulta del doctor que le confirmó la noticia. Enseguida llamó a su novio para decirle que tenían que quedar y hablar. Él no sospechaba nada, y la noticia fue un jarro de agua fría. Su cara cambió por completo y las lágrimas de Blanca no lo ablandaron. La dejó sentada en aquella plaza diciéndole que ese era ahora su problema y que no quería volver a saber nada más de ella ni de “aquello” que tenía en su tripa. Su madre lloró aún más que ella aquella noche, cuando llegó a casa y se lo contó. Su padre salió por la puerta con el rostro serio y no abrió la boca. Blanca dijo que no sabía que iba a pasar, que todas sus amigas lo hacen y que nunca pasa nada.
- Nunca pasa nada, nunca pasa nada... ¡¡Hasta que pasa!! –contestó la madre.
La mandó a la cama sin cenar, diciéndole que ya hablarían. Blanca tardó en dormir aquella noche. Sólo cuando ya no le quedaban lágrimas, el sueño la venció. Un rato después, no supo precisar exactamente cuánto, despertó sobresaltada cuando su padre la zarandeaba y le gritaba. La sacó de la cama y a empujones la echó del piso y la dejó en el pasillo de la tercera planta del bloque en que vivía, cerrando de un portazo una vez que ella estaba fuera. No sabía qué hacer, y se sentó en las escaleras a esperar. Sólo tenía lo que llevaba puesto, una camiseta de tirantes y unas bragas.
La puerta de la vecina se abrió. Pasa pequeña, le dijo. La dejó dormir allí. Sólo esta noche, le dijo. Ya verás como todo se arregla, tu padre tiene ese pronto pero no es malo, ya verás como al final no pasa nada, nunca pasa nada.
A la mañana siguiente, cuando Blanca abrió la puerta del piso de la vecina encontró una maleta delante del suyo. Ni siquiera tuvo que mirar en su interior para saber que allí estaban sus cosas. Desde entonces no había vuelto a ver a nadie de su familia.
Ya han pasado seis paradas desde que abandonó su calle. Le falta poco para llegar a su destino. Blanca está cerca de la puerta de salida del autobús, para no perder mucho tiempo cuando éste se detenga. Entonces ve a su madre, que se dispone a bajar justo en la parada anterior a la suya. Ella tarda algo más en darse cuenta, cuando está casi junto a la puerta. La mira, su rostro se torna serio. No le dice una sola palabra, agacha la cabeza y ni siquiera mira al pequeño. Sale del autobús cuando las puertas del mismo se abren. Blanca la pierde de vista cuando el vehículo reinicia su marcha alejándose de allí. La mujer, que ha dado la espalda al bus, no se gira para verlo marcharse. Sigue su camino, con la cabeza agachada, hasta que el vehículo se pierde de vista al girar dos calles más allá.
Blanca llega a la segunda casa del día. En realidad es una oficina. Allí trabajan tres personas, y nunca reciben visitas. El pequeño tampoco molesta. Y todos lo quieren. Se disculpa por llegar un poco más tarde que de costumbre. Le dicen que no tiene importancia. La reciben bien, incluso se dan cuenta de que ha pasado algo, porque Blanca no tiene buena cara hoy. Pero ella dice que no ocurre nada, que qué iba a pasar. Y sonríe. Salvo su hijo, nadie suele verla sonreír, pero ellos no lo saben y no se percatan de la suerte que tienen por ello.
Limpia mientras los demás están atareados con sus ordenadores y yendo y viniendo a los archivos. Blanca no sabe a qué se dedican, sólo que nunca los ve parados. Ella termina pronto, es una tarea fácil y rápida. La invitan a un café de la cafetera de la propia oficina (Blanca cree que deben beberse entre los tres no menos de ocho o nueve cafeteras cada día), ella acepta, y se sienta con ellos, que no paran en sus tareas mientras tienen con Blanca una conversación trivial, le preguntan por el pequeño, y por si puede cambiar sus turnos para la semana que viene. Ella consulta su pequeña agenda y dice que sí. Todos felices entonces, te pagaremos un extra por las molestias, le dicen. No es necesario, contesta, pero más por cortesía que por otra cosa, tampoco ofrece mucha resistencia. Algo más de dinero nunca le viene mal. Todo está subiendo demasiado y cada vez le sale mas caro comprar lo mínimo necesario para su casa y para su pequeño.
Ese día termina su tarea un poco antes que de costumbre. El sol todavía está fuera. Ella aprovecha un poco para pasear con el pequeño, sentarse en una plaza y comprarse un paquete de pipas, hace siglos que no come pipas sentada en una plaza, y al fin y al cabo todavía es una niña, como quien dice...
Al llegar a casa se da un baño relajante, junto con su bebé. Le encanta disfrutar de ese momento. Abraza a su pequeño, que le sonríe e intenta acariciar la cara de su madre. Ella suelta una lágrima de felicidad. Después piensa en lo que va a cenar esa noche, no sabe si echarán algo bueno por la tele, pero tampoco importa. No tiene otra cosa mejor que hacer.
A la mañana siguiente, el sonido estridente del despertador no llega a sonar. Blanca se ha levantado cinco minutos antes de que suene. Hoy ha sido ella la que ha despertado a su hijo, aunque antes ha estado viéndolo dormir unos minutos.
Cuando sale a la calle el sol está empezando a aparecer por el horizonte. La ciudad comienza a desperezarse. Aún hace frío.




Nunca pasa nada. Juan Antonio Hidalgo






El despertador tiene un sonido estridente en el piso casi vacío. Es demasiado tem prano aún, las luces del alba ni siquiera han comenzado a aparecer por el ho ri zon te, cuando suena, y Blanca se despierta sobresaltada. Oye a su pequeño llorar. Esta no che apenas lo ha oído, aunque tiene solo nueve meses y suele interrumpir el sueño de su madre cada noche con múltiples llantos.
Antes siquiera de pensar en lo que tiene que hacer ese día, Blanca acude a ver a su hijo, que duerme en una cuna regalada junto a su cama. El pequeño se calla nada más ver aparecer su cara. Le sonríe. Se ha acostumbrado a un rostro surcado por unas ojeras que aparecieron hace casi un año y que han apagado la belleza de su ma dre, que aún no ha cumplido los dieciocho.
Ella coge en brazos al pequeño, lo besa, lo abraza, y se lo lleva a la cocina, can tán dole suavemente, al oído, mientras prepara su biberón. Después del desayuno, fru gal en su caso, lo deja de nuevo en la cuna, limpia un poco la casa, recoge los restos de la cena del día anterior y se prepara para ir a trabajar. Abriga al pequeño, en la ca lle hace frío, y sale con él cerrando tras de sí la puerta del minúsculo piso en el que vi ve. Cuando cruza el portal de su bloque son las siete y media de la mañana.
Hasta la parada del autobús, Blanca tiene que caminar casi cinco minutos. Al me nos tiene la suerte de poder llevarse a su hijo consigo. En el día de hoy tiene que re correr la ciudad prácticamente de punta a punta. Blanca limpia casas. Es lo único que encontró. Al quedarse embarazada tuvo que abandonar los estudios y buscar algo con lo que mantenerse. Podía haberlo intentado con otra cosa, pero en ningún sitio le qui sieron dar nada al ver su entonces incipiente barriga. Sus padres la echaron de ca sa y su primera idea fue irse con su novio. Aquello no funcionó. El chico no quiso sa ber nada de ella, y la madre de éste, temiendo que aquella niña pudiese manchar el buen nombre y la reputación de su familia, compró su silencio. Le dio un dinero que le per mitió alquilar por unos meses un piso, del que decir que era de tamaño reducido se ría decir mucho en su favor, y guardó algo para los meses en los que su estado le im pidiera trabajar. Con lo que ganara hasta entonces intentaría sobrevivir durante ese tiem po y hasta que pudiese volver a buscar algo.
El autobús se detiene y Blanca se baja del mismo, cargada con una mochila con las cosas que necesita su niño a la espalda, y éste abrazado contra su pecho. El pe que ño se ha quedado dormido. El ascensor parece estar esperándola y se abre en cuan to ella pulsa el botón de llamada. El piso al que va está en la quinta planta, y la fa mi lia está ya esperándola cuando ella llama al timbre. La señora de la casa es doctora, el señor abogado, los dos hijos estudian en la universidad. Blanca es tres años menor que el menor de los hijos de la familia. Todos la saludan a ella y a su hijo, que se ha des pertado al salir del ascensor. El joven ha intentado invitar a Blanca a tomar algo al gu na tarde, siempre cuando se encontraban a solas, sin padres ni hermana presentes, pe ro ella nunca ha aceptado, no cree que sea buena idea. Además, tampoco tendría dón de dejar a su pequeño. Ella no lo sabe, pero él no pierde las esperanzas de que al gún día diga que sí. Y él tampoco lo sabe, pero ella nunca lo hará.
Tan sólo unos minutos después, todos los miembros de la familia se van de la ca sa, cada uno con un destino propio, y Blanca puede hacer su trabajo con tran qui li dad. Siempre ocurre del mismo modo, dos veces por semana. Nunca hay novedad. Y hoy no va a ser diferente. Mientras su hijo duerme o se entretiene con alguno de sus ju guetes, ella limpia la casa. A veces tiene que parar para alimentar o cambiar los pa ña les del pequeño. Pero son interrupciones breves. Cuatro horas después, cuando ella ya ha terminado, recoge las cosas de su hijo, las vuelve a guardar en su mochila, y sa le de la casa tirando de la puerta que se cierra a sus espaldas.  
Ya en la calle vuelve a coger el autobús, otra línea distinta, ya casi se conoce el re corrido de todas. Es lo que tiene tener que limpiar siete hogares distintos, de lunes a sá bado, sin descanso (salvo cuando la familia en cuestión se lo pide), repartidos por to da la ciudad. Cuando llega a su segunda casa del día son cerca de las doce y me dia, y su propietaria ya no está. Blanca abre con la llave que ésta le prestó. Es una eje cu tiva de una agencia de publicidad, joven, bella y con una vida muy agitada. En los tres meses que Blanca lleva limpiado para ella, se ha encontrado allí, los sábados, que son los días que llega más temprano (y los que la ejecutiva se despierta más tarde) con siete chicos distintos.
Le gusta limpiar en esta casa. Le gusta estar aquí. Y le gustaría estar más tiem po. A decir verdad, le encantaría vivir aquí, desearía ser ella la ejecutiva de vida a gi ta da, a la que envidia. El teléfono suena mientras ella limpia. Algo habitual en aquella ca sa. Blanca lo deja sonar hasta que salta el contestador. Una voz de hombre saluda a la dueña de la vivienda. Y le informa de que los resultados son claros y no existe la más mínima duda. Está embarazada. A Blanca se le cae el jarrón que tiene en las ma nos y acaba estrellándose contra el suelo. Se queda paralizada, aturdida. Quizás por que recuerda lo que sintió ella cuando escucho la misma noticia de boca de su doctor, qui zás teme por la dueña de la casa, por lo que pueda cambiar su vida y por lo que le pue da repercutir a ella directamente. O quizás se le acaba de derrumbar su mito y ya no desea tanto ocupar el lugar de la dueña de aquella casa en la que un jarrón acaba de estamparse contra el suelo y para lo que ella no tiene explicación que dar. Pero se gu ro que cuando la ejecutiva escuche el mensaje, el asunto del jarrón que falta deja de te ner tanta importancia.
El autobús llega pronto a la parada. Blanca hace una pequeña pausa para tomar al go. Acaban de dar las tres de la tarde y, a diferencia del pequeño, que ya ha comido va rias veces, ella no ha probado bocado desde el desayuno y ya le fallan las fuerzas. Aun que a lo que hace no puede llamarse precisamente almuerzo. Blanca come poco. No quiere ganar peso, aunque ya no pueda perder más. Y tampoco quiere gastar en sí más de lo estrictamente necesario. Su hijo es distinto. Lo daría todo por él. Pero ella no necesita tanto. Al menos eso es lo que Blanca piensa de sí misma.
La tercera casa del día está muy cerca del centro. A la vez, muy lejos de su piso. Es enorme. Antes de llegar aquí, Blanca pensaba que estas casas sólo existían en si tios como Hollywood, y que sus dueños eran las superestrellas de las películas que, an tes de su embarazo, veía en el cine, y que ahora sólo veía por televisión. Pero ésta es tá aquí, en su propia ciudad, y sus dueños son un matrimonio de ancianos in ca pa ces de sacarla adelante ellos solos. La casa es tan grande que ella tiene que limpiarla por partes, tres días a la semana. Salvo casos que se dan extrañamente, los ancianos siem  pre están allí. Se quedan con el pequeño mientras Blanca se encarga de su tra ba jo del día, en otra parte de la casa. Pagan bien, mejor que el resto, más de lo que ella ha bía pedido. Blanca cree que están necesitados de compañía y que su presencia y la de su hijo allí les llena de vida. En el fondo, le dan lástima.
El sol está ya casi oculto por completo cuando llega de vuelta a su casa, con su hi jo dormido en brazos. Cansada, muy cansada. Desnuda al pequeño, se desnuda ella, y se mete en la bañera que ha preparado, con agua ni demasiado caliente ni de ma siado fría, para darse un baño con su hijo, que ya está despierto. Este es para ella el mejor momento del día. Blanca sale de la bañera con el pequeño, que se ríe mien tras ella lo seca y juguetea con él. Prepara la comida del bebé y un sándwich con un va so de cola para ella. El niño se duerme casi enseguida, ella poco después, frente a la televisión, que esta noche no ofrece nada de interés. Se despierta cuando lo oye llo rar. Son algo más de las dos de la madrugada. El programa que estaba viendo ha cam biado por completo, y ahora una chica poco mayor que ella y con un gran escote gri ta pidiendo que la llamen para responder a no-se-qué pregunta. Mecánicamente, a pa  ga el televisor y tras cambiar al pequeño se mete en la cama. Aún puede a pro ve char tres o cuatro horas más de sueño.
El zumbido ruidoso del despertador la saca de un sueño maravilloso que Blanca ol vida al abrir los ojos. Se da cuenta de que está en la cama, pero lo último que re cuer da es estar sentada en el sofá viendo la televisión. Su pequeño llora llamándola. Ella acude a verlo, le saluda, él sonríe, y todo lo demás pierde importancia. Aque llo es lo que real y únicamente tiene valor para ella en la vida.
La primera casa del día está relativamente cerca. Si quisiera podría ir andando, pe ro prefiere tomar el autobús, aunque sólo sea para tres paradas. Los propietarios son un matrimonio joven de profesores que trabajan en escuelas diferentes. Tienen un hi jo de dos años al que llevan a la guardería los dos, en días alternos. Hoy le toca a ella. Salen pronto de casa y Blanca empieza a hacer su trabajo. No sabe por qué, pero hoy le cuesta más, se siente más cansada. Y cuando termina, se sienta en el sillón un ra to. Cuando se quiere dar cuenta ya han pasado dos horas, y aunque todavía queda tiem po para que los dueños regresen, se angustia, recoge sus cosas lo más rá pi da men te que puede y se va de allí.
Se monta en el autobús. Este camino, este día, no le gusta. Tiene que pasar por su antigua calle. Se asoma por la ventana y ve los balcones de su antigua casa, pero a nin guno de sus familiares.
El día en que Blanca descubrió que estaba embarazada hacía poco que había cum plido los dieciséis años. Su mundo se hundió. Lloró mucho cuando salió de la con sul ta del doctor que le confirmó la noticia. Enseguida llamó a su novio para decirle que te nían que quedar y hablar. Él no sospechaba nada, y la noticia fue un jarro de agua fría. Su cara cambió por completo y las lágrimas de Blanca no lo ablandaron. La dejó sen tada en aquella plaza diciéndole que ese era ahora su problema y que no quería vol ver a saber nada más de ella ni de “aquello” que tenía en su tripa. Su madre lloró aún más que ella aquella noche, cuando llegó a casa y se lo contó. Su padre salió por la puerta con el rostro serio y no abrió la boca. Blanca dijo que no sabía qué iba a pasar, que todas sus amigas lo hacen y que nunca pasa nada.
- Nunca pasa nada, nunca pasa nada... ¡¡Hasta que pasa!! –contestó la madre.
La mandó a la cama sin cenar, diciéndole que ya hablarían. Blanca tardó en dor mir aquella noche. Sólo cuando ya no le quedaban lágrimas, el sueño la venció. Un ra to después, no supo precisar exactamente cuánto, despertó sobresaltada cuando su pa dre la zarandeaba y le gritaba. La sacó de la cama y a empujones la echó del piso y la dejó en el pasillo de la tercera planta del bloque en que vivía, cerrando de un por ta zo una vez que ella estaba fuera. No sabía que hacer, y se sentó en las escaleras a es  perar. Sólo tenía lo que llevaba puesto, una camiseta de tirantas y unas bragas.
La puerta de la vecina se abrió. Pasa pequeña, le dijo. La dejó dormir allí. Sólo es ta noche, le dijo. Ya verás como todo se arregla, tu padre tiene ese pronto pero no es malo, ya verás como al final no pasa nada, nunca pasa nada.
A la mañana siguiente, cuando Blanca abrió la puerta del piso de la vecina en con tró una maleta delante del suyo. Ni siquiera tuvo que mirar en su interior para saber que allí estaban sus cosas. Desde entonces no había vuelto a ver a nadie de su fa mi lia.
Ya han pasado seis paradas desde que abandonó su calle. Le falta poco para lle gar a su destino. Blanca está cerca de la puerta de salida del autobús, para no perder mu cho tiempo cuando éste se detenga. Entonces ve a su madre, que se dispone a ba jar justo en la parada anterior a la suya. Ella tarda algo más en darse cuenta, cuando es tá casi junto a la puerta. La mira, su rostro se torna serio. No le dice una sola pa la bra, agacha la cabeza y ni siquiera mira al pequeño. Sale del autobús cuando las puer tas del mismo se abren. Blanca la pierde de vista cuando el vehículo reinicia su mar cha alejándose de allí. La mujer, que ha dado la espalda al bus, no se gira para verlo mar charse. Sigue su camino, con la cabeza agachada, hasta que el vehículo se pierde de vista al girar dos calles más allá.
Blanca llega a la segunda casa del día. En realidad es una oficina. Allí trabajan tres personas, y nunca reciben visitas. El pequeño tampoco molesta. Y todos lo quieren. Se disculpa por llegar un poco más tarde que de costumbre. Le dicen que no tiene importancia. La reciben bien, incluso se dan cuenta de que ha pasado algo, porque Blanca no tiene buena cara hoy. Pero ella dice que no ocurre nada, que qué iba a pasar. Y sonríe. Salvo su hijo, nadie suele verla sonreír, pero ellos no lo saben y no se percatan de la suerte que tienen por ello.
Limpia mientras los demás están atareados con sus ordenadores y yendo y viniendo a los archivos. Blanca no sabe a qué se dedican, sólo que nunca los ve parados. Ella termina pronto, es una tarea fácil y rápida. La invitan a un café de la cafetera de la propia oficina (Blanca cree que deben beberse entre los tres no menos de ocho o nueve cafeteras cada día), ella acepta, y se sienta con ellos, que no paran en sus tareas mientras tienen con Blanca una conversación trivial, le preguntan por el pequeño, y por si puede cambiar sus turnos para la semana que viene. Ella consulta su pequeña agenda y dice que sí. Todos felices entonces, te pagaremos un extra por las molestias, le dicen. No es necesario, contesta, pero más por cortesía que por otra cosa, tampoco ofrece mucha resistencia. Algo más de dinero nunca le viene mal. Todo está subiendo demasiado y cada vez le sale mas caro comprar lo mínimo necesario para su casa y para su pequeño.
Ese día termina su tarea un poco antes que de costumbre. El sol todavía está fue  ra. Ella aprovecha un poco para pasear con el pequeño, sentarse en una plaza y com prarse un paquete de pipas, hace siglos que no come pipas sentada en una plaza, y al fin y al cabo todavía es una niña, como quien dice...
Al llegar a casa se da un baño relajante, junto con su bebé. Le encanta disfrutar de ese momento. Abraza a su pequeño, que le sonríe e intenta acariciar la cara de su ma dre. Ella suelta una lágrima de felicidad. Después piensa en lo que va a cenar esa no che, no sabe si echarán algo bueno por la tele, pero tampoco importa. No tiene otra co sa mejor que hacer.
A la mañana siguiente, el sonido estridente del despertador no llega a sonar. Blan ca se ha levantado cinco minutos antes de que suene. Hoy ha sido ella la que ha des  pertado a su hijo, aunque antes ha estado viéndolo dormir unos minutos.
Cuando sale a la calle el sol está empezando a aparecer por el horizonte. La ciu dad comienza a desperezarse. Aún hace frío.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Te regalo una cabra. Óscar R. Cardeñosa



Me levanto temprano para poder recoger mi cosecha. Es un día feliz, doce de mis ochocientos diecinueve amigos han empezado ya a plantar fresas en las granjas colindantes. Esta parcela me llegó de la nada, un pequeño pedazo regalado que he ampliado hasta la máxima opulencia posible. Frutales, setos, canales, palacios de cristal y tractores. Los tractores no son bonitos, pero puse uno de cada color y así no se nota tanto.
Vengo regularmente durante el día para recoger mercancías y trabajar para otros, aunque casi siempre son mis amigos quienes trabajan para mí. Tengo la granja más grande y hermosa que se ha visto en ningún álbum. Ya no veo fotos de otras granjas si no tienen por lo menos seis expansiones. A veces tengo que venir cada cuarto de hora para poder cumplir las misiones de un buen granjero, pero a mi jefe del departamento de finanzas no parece importarle, creo que es porque yo le regalé su primera cabra.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Rutina Parlamentaria. Marcos Antón


No le importa el color de unos y de otros, porque, como siempre, cada cuatro años, las mismas sombras mortecinas se encaraman en sus tribunas de vuelta a la rutina. ‹‹Cuatro años de libertad››, se dice, porque después de tantos engaños, la urna se ha convertido para él en una obligación, o mejor dicho, en una carga.


Aun así va. Se levanta por la mañana, temprano, con fingido entusiasmo. Desayuna mientras lee el periódico del día anterior buscando algún detalle, una señal, por mínima que sea, que le diga que este año no se está equivocando.


Cruza el umbral y siente el olor a rancio. Corre la cortina. Introduce en cada sobre varias papeletas de sus partidos favoritos y escribe obscenidades sobre ellas. Le da igual el color, sepia o blanco, él se explaya. Chupa, ‹‹votó›› y se marcha.


Sondeo. Marcos Antón



Bio:Zamora, primavera de 1990. Voto por correo, he publicado el libro Deheishe, una poesía y otros relatos (2008), además de varios poemas, relatos y artículos de opinión en prensa escrita. Cuento con un puñado de premios de poesía, narrativa y fotografía y formo parte de Colmo Colectivo. Completo mi tiempo libre escribiendo canciones y futuros guiones.
Siempre podéis encontrarme en Deheishe: http://deheishe.blogspot.com/

domingo, 20 de noviembre de 2011

La mala vida. Nómada.





Cuando el infierno tiene forma de reloj

Cuando las calles se hacen muros de prisión

Mamá rutina dice que viene a por mí

A despertarme y recordarme lo infeliz

Que puedo ser 

El signo: Una muerte suspendida . Marco Portillo (Erebus)



Fotografía realizada por Marco Portillo (Erebus)



Macabra ilusión constante,
Como el reflejo en un espejo,
Traidora como ella sola,
Día tras día se va repitiendo,
Como si la muerte y el cambio,
Hubieran sido desterrados,
Por siempre,
Por siempre lo mismo,
Las mismas calles,
Las mismas caras,
Las mismas horas,
Pasando una tras otra,
Y luego volviendo a empezar;

Se parece a una maldición inmensa,
Lanzada por algún malvado hechicero,
Sólo que no hay maldición,
Sólo que no hay malvado hechicero,
Sólo nosotros,
Haciendo día tras día lo mismo,
Día tras día, las mismas calles,
Las mismas caras, las mismas horas,
Dando vueltas y vueltas,
En el reloj, en el cielo, en el corazón, en la sangre,
Durmiendo poco a poco a la vida, al alma,
Que poco a poco va languideciendo,
Perdiéndose, durmiéndose,
Diluyéndose como polvo en el agua de un vaso,
Que una mano siniestra agita una vez tras otra,
Hasta hacerlo desaparecer todo,
En un triste fundido en gris,
Sólo que no hay polvo,
No hay agua, no hay vaso, no hay mano siniestra,
Tan sólo tu aburrimiento, el mio,
Miles de vidas que por dentro se agostan,
Se marchitan,
Sin haberse usado,
Sin haber disfrutado, sin una razón,
Nada, nada, nada,
Tan sólo fundido en gris,
Y de vez en cuando nos acordamos,
Pero estamos con suerte demasiado ocupados,
Como para hacer algo,
O tal vez hay algo que nos lo recuerda,
De manera enigmática,
Pero a la vez precisa, certera, brutal,
Una marca en el asfalto,
En la muda piedra ennegrecida por la suciedad,
A la vista de aquellos que no ven lo usual;

Un ocho tumbado,
Durmiendo su sueño infinito en un lecho ignominioso,
Como una indicación de un camino a seguir,
Un acertado y cruel recuerdo,
De que mañana volverás a pasar por ahí,
Y aunque sea de noche,
Y la tenue luz de las farolas,
Apenas llegué al dibujo,
Pintado en negro sobre sucio gris oscuro,
La verás, sin duda la verás al pasar,
Tan bien como si brillara,
Y sabrás que nada ha cambiado,
Y que mañana todo habrá de ser lo mismo,
Que no has conseguido escapar,
Que sigues ahí quieto,
Moviéndote en círculos,
Tal como indica en la piedra el dibujo maldito,
Y tal vez pensé que sí que había un mago malvado,
Y que la ciudad entera es un matraz inmenso,
Relleno de vidas que son aplastadas todos los días,
Por el mortero de ese mago terrible,
Que nos mantiene dormidos, en el engaño,
Pero tal vez no,
Tal vez no sea más que un dibujo sin sentido,
Tal vez a partir de mañana ya no vuelva a pasar nunca por allí.




http://espacioenlasnubes.blogspot.com/


LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Las opiniones y los comentarios emitidos en este blog por las personas que en el mismo colaboran, son emitidos, todos ellos y en cualquier formato, a título personal por los diferentes autores. Este blog no suscribe ni secunda necesariamente cuanto en él se exprese.



La Fanzine en Facebook