viernes, 13 de abril de 2018

Sesión golfa. Carmen Tejada


Photo by Jovo Marjanovic/iStockphoto/Thinkstock



Llegaba tarde. En la pantalla, una prostituta de arrabal susurraba palabras ardientes al oído de un matón inexperto. No tenía que haberse dejado convencer. Un cine no es un lugar apropiado para una cita a ciegas, por muy recomendable que sea la película. Antes de sentarse, comprobó que la señorita de la taquilla le había dado la fila ocho, butaca dos. Pero Marta, la recepcionista del gimnasio al que comenzó a acudir después de su divorcio, le había insistido mucho. Decía que su amigo era un cinéfilo empedernido y un encanto.

Apenas había quince personas en la sala. Alguna de ellas tenía que ser él. Intentó concentrarse en la trama. Le fue imposible. El sonido de un móvil acentuó su desasosiego. Giró la cabeza, tratando de distinguir una señal de alguno de los ocupantes de las últimas filas. Nada. Solo un par de jóvenes absortos con el llanto de la madre de la protagonista, que acababa de recibir la noticia de que su hija había sido secuestrada.

Se arregló la vestimenta. A lo mejor la estaba observando. Pensó en ponerse las gafas. Apenas veía los subtítulos. Mejor no. Las lentes no le favorecían. ¿Y si se hubiera arrepentido? Revolvió el bolso hasta dar con el pintalabios. Uno de los espectadores gritó. La joven actriz principal, que había conseguido escaparse del prostíbulo en el que estaba encerrada, era perseguida por sus captores. Le entraron ganas de vomitar al presenciar las violentas escenas que se sucedieron después. ¿Y si había quedado con un sádico? Se levantó, dispuesta a marcharse, cuando alguien detrás de ella susurró: »No puedo creerlo. ¿Eres tú?».


Y, mientras la sala se sumía en un silencio sepulcral, al contemplar cómo la protagonista era asesinada, ellos reían, tapándose la boca, como dos colegiales. Sin saberlo, Marta le había concertado una cita con su ex−marido.

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