jueves, 22 de febrero de 2018

Sin título. Manuel Llorente

Cinema paradiso (1988), by Giuseppe Tornatore



A Rosellini le apasionaba ir al cine
Pero sus bolsillos tenían pequeños 
agujeros negros que se descosían
con el transcurso del invierno, del tiempo.
De ellos no caían liras,
más bien alguna que otra factura de alquiler no pagada
y muchos sueños perdidos.
Por eso le apasionaba ir al cine
para arrugar la nota de la compra semanal
comprar el último asiento que nadie querría
sentarse en la sala oscura 
y soñar despierto.
¿Qué es si no la vida?
El soñar despierto
y hambriento
en un mundo sin luces
Que sale caro.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Sabían demasiado. Miguel Ángel García González

Sabían demasiado (1962), by Pedro Lazaga



esta noche en el palacio de los deportes

lo mismo que aquel día en la pista de baile
cuando me metías la pastilla entre los labios
y los labios te sabían salados

el equipo de la Cruz.. formado por…

todas las luces azules de la pista de baile
los rollos de papel higiénico en tu mesilla de noche
el polvo, las pastillas, los cigarros

Lucy Palmer

algo estático que se repite siempre

ahora sale disparado el Guillermo Timonel

no quedarse en ningún canal a las doce del mediodía

Timonel

la sensación de haber recorrido la misma escena muchas veces

Timonel

repasar una y otra vez la misma escena

Timonel

y quedarse en el mismo sitio, la misma luz, lo mismo de siempre

coge la cabeza en estos momentos

hay algún hueco por el que se escape toda la luz en este preciso momento

en segundo lugar Fernando Saura y en tercero Ulán Sánchez

y poco a poco volvernos a ver como éramos

…el equipo suizo remonta

dos cuerpos que vibran uno al lado del otro

¡¡le han robado la cartera!!
que se engañan cuando pronuncian alguna frase

¡el ultimo sprint fin de carrera es de puntuación doble!

algún rayo que se salga del espectro, aunque solo sea uno


cocacola cocacola rica cocacola patatas fritas cocacola

martes, 20 de febrero de 2018

La mujer del lanzador de cuchillos. Rubén Lapuente

La fille sur le pont (1999), by Patrice Leconte



El cuchillo gira una vez
antes de reflejar
en su acero
la sien de la mujer
De quedarse
a un tris de la voz
En la cala de madera
a un grano de arena
de la cintura
Entre los muslos
timbrando
lo más lejano
lo más íntimo

Él arriesga siempre
hasta la cumbre del filo de su piel
Ella es una diana
entregada
esperando en silencio
lo incierto
el azar…

Un leve reguero
de sangre
comienza a bajarle
por la pierna
El lanzador
mientras desclava
dolorosamente
uno
a
uno
sus destellos de plata
la ve sonreír…

El amor es un collar de rubíes
sobre la arena
que bajo su pie
ella demora
enterrarlo
un instante…

Mientras las luces de la noche
golpean las ventanillas
del carromato…
La mujer tomará
entre sus brazos
al hombre

como si fuera un niño

domingo, 18 de febrero de 2018

Mi corazón a las estrellas. Rolando Revagliatti





Cuando Pola Negri me abandona en 1928
cuando Ava Gardner me patea en 1937
cuando Tilda Thamar y Ana María Pierángeli
después de jornadas tan intensas (y extensas)
me desestiman en 1949
cuando Leslie Caron me aleja (según insiste,
    [por mi bien) en 1960
cuando Romy Schneider me repudia en 1972
    [acusándome
de competencia fortuita
cuando Isabelle Huppert y Hanna Schygulla
    [me descuidan
en 1984
yo quedo resentido
una y otra vez no aprendo
nunca aprendo
tanto o más vulnerable que en 1903
cuando lo de Sarah Bernhardt
abierto mi corazón a las estrellas
crudo exponente porteño
asistiendo conturbado junto a Boris Karloff
fuera de foco y en función fantasmal
en el postrimero cinematógrafo de mi barrio

a la caída en la cascada de La novia de Frankenstein.

sábado, 17 de febrero de 2018

La escena del jardín de Roundhay. Carlos Traspaderne






Es 16 de septiembre de 1890. A pesar de que tomó un tren de Dijon a París, monsieur Le Prince no ha llegado a su destino. Monsieur Le Prince había inventado el cine un par de años antes. No figura como el inventor oficial, evidentemente no se llama ni Lumière ni Edison, pero es el primero que ha capturado la imagen en movimiento. Había atrapado el tiempo con un armarito de madera de caoba en el jardín de los Whitley, sus suegros, en Roundhay, Leeds. Cincuenta y dos fotogramas, dos efímeros segundos en los que sus suegros, su hijo y una amiga dan vueltas en círculos como insectos en la noche. Diez días después hubo una triste noticia: falleció Sarah, la suegra de monsieur Le Prince. Pero por primera vez en la Historia, la señora Whitley iba a perdurar para siempre en aquellos segundos de plata quemada.


Monsieur Le Prince pensó mucho en aquello. En cómo su invento podía capturar a la gente como mariposas en un tarro, un recipiente que las preservaba como autómatas ejecutando el mismo gesto a perpetuidad. En los fotogramas esos señores saltaban y reían llenos de vida, adelante y atrás, tantas veces como se quisiera, pero ya estaban muertos, atrapados allí como el rollo de película entre los rodillos de su ingenio. Bueno, igual todavía no estaban muertos, pero pronto lo estarían tanto como lady Sarah y sólo quedaría de ellos esa vida paralela como espectros en la tira de Kodak.

Esos fantasmas del futuro atormentaban a monsieur Le Prince. Durante el día no; durante el día se dedicaba a perfeccionar su máquina, a patentar sus diferentes mecanismos, a intentar hacer pública su maravilla. Pero durante la noche pensaba en los casi vivos casi muertos que poblaban sus películas. Los habitantes de Leeds desde el puente, su hijo tocando la misma melodía inaudible con el acordeón una y otra vez. Sobre todo pensaba en él mismo allá dentro, encerrado. Dando vueltas eternamente, adelante y atrás. Eso le hacía recordar cuando de niño aprendió del propio Daguerre su técnica. Hacer un daguerrotipo, una fotografía, era como esculpir en el tiempo, algo digno e inmutable, pero algo que ya no estaba vivo. Venían a su memoria los retratos que había hecho a la reina Victoria, con ese mismo semblante que no cambiaría en sesenta y tres años de reinado. Fueron enterrados con gran pompa bajo los cimientos de la Aguja de Cleopatra, junto al Támesis. Una cápsula del tiempo, lo llamaron. Sus fotos viajarían al futuro proyectadas por un monolito con más de tres mil años ya a sus espaldas, pero sólo señalarían el hueco dejado por un cadáver. En ese momento, monsieur Le Prince entendió que las fotografías eran pequeñas muertes que aseguraban nuestro recuerdo, pero que no nos resucitaban para regalarnos otra vuelta en el jardín de Roundhay.

«No profanar el sueño de los muertos»; la frase acudía con frecuencia a su mente en el estupor de la vigilia. Desde luego no era buena idea levantarlos de sus tumbas, adelante y atrás, otra vez vivos por el capricho de la técnica. Sin embargo, las tribulaciones de monsieur Le Prince no atendían a las del ingenuo salvaje que creía su alma robada por un invento infernal. Él era un científico, un positivista, y no estaba para supercherías bobas. Sus preocupaciones eran más hondas, más éticas si se quiere. Pero mientras tanto otro pensamiento se colaba como un rayito de luz dentro de la cabeza de monsieur Le Prince. Era un haz tenue y enseguida se apagaba, pero qué tentador era.  

Durante aquellos años perfeccionó su artefacto hasta estar listo para ser presentado en Nueva York. Su círculo le animaba, convencidos de que la proyección de aquellas imágenes vivas le reconocería como el más grande inventor de su tiempo. Pletórico, monsieur Le Prince no pensaba en otra cosa durante el día, pero de noche el rayo de luz se hacía más y más potente, quemando sus pensamientos. Cuando tuvo el artilugio proyector listo se decidió. Embarcó a Francia, a Dijon, a visitar a su hermano. Cuando volvió a verle después de tanto tiempo, tan parecido a él como si hubiera podido vivir su vida, ya no le quedó ninguna duda.

Es 16 de septiembre de 1890. A pesar de que tomó un tren de Dijon a París, Monsieur Le Prince no ha llegado a su destino. No lo hará nunca. Jamás se encontrará rastro ni de él ni de su equipaje. Scotland Yard abrirá una investigación, sin concluir nada. Se especulará que lo ha matado su familia por la herencia, o Edison, para evitar que patente el cine antes que él; Thomas Alba siempre ha sido un villano muy convincente. Pero sólo monsieur Le Prince sabe lo que ha pasado. Se ha quedado a vivir en sus películas, adelante y atrás, para siempre.

viernes, 16 de febrero de 2018

Fundido a negro… Athman M. Charles


Cuelga inerte del techo. Ausencia de vida en sus ojos.
Quietud absoluta.  Solo el leve balanceo que la soga le permite.
Silencio. Huida hacia ningún lugar. La nieve se derrite.
Péndulo de un reloj que ya no marca las horas.
Calendario sin hojas en la pared del comedor.
Números en rojo. Tiempo muerto.


Monóxido de carbono y dulce somnolencia.
Asientos abatibles y tapicería nueva. Música de jazz.
Cierre centralizado. Facturas sin pagar.
Ataúd de metal, mortaja de brillante azul eléctrico.
Nuevos horizontes tras cristales empañados con su último aliento.


Botellas vacías. Ceniceros llenos.
Porcelana blanca con manchas de cal. Gel de baño y acondicionador.
Acero cromado abriendo camino. Surcos profundos liberan el alma.
Fluye la savia, se desperdicia  junto a la rabia y las penas, remolino de color.
Suelo mojado y cae el telón.


Miedo escénico ante la última función.
Protagonista absoluto, sin secundarios.
No habrá aplausos  cuando las luces se apaguen,
pero hay que seguir y ceñirse al guion.

Créditos en forma de epitafio y fundido a negro.

jueves, 15 de febrero de 2018

Alien. Jess Modlov

Alien (1979) by Ridley Scott



Si quieres regresar a casa
no le hagas caso a Madre,
evita los pasillos oscuros
y fíate de tu miedo,
  pero no te olvides de respirar,
extrema los sentidos
  pero no te olvides
  las lágrimas de terror
  detrás de los ojos,
huye hasta el módulo de evacuación,
  pero no olvides a Jonesy en la Nostromo.

El xenomorfo crece en la oscuridad
           empujado por el ácido,
mientras la tripulación se extingue,
mientras el ser humano
              tiene el orgullo de servir
              de alimento y de nido
              a una especie superior.

Espera el momento justo
para abandonar la nave
y no bajes la guardia
                    después del estallido,
ni siquiera podrás descansar
    en el sueño criogénico.

Ante el horror
sólo es posible el silencio,
en el espacio nadie puede oírte gritar.



miércoles, 14 de febrero de 2018

domingo, 2 de agosto de 2015

¿Quieres colaborar en La Fanzine #º12: Cine?







Aloha, queridas. 



Parecía que habíamos abandonado, pero NO. Ya tenemos fecha para el reencuentro y vamos a editar un nuevo número de La Fanzine con toda la elegancia underground que nos caracteriza desde el 2009 & beyond. 

¿Quieres colaborar? Texto en .doc e imagen en .jpg (como archivo adjunto, que pegado en el cuerpo del mensaje me da urticaria) a la0fanzine@gmail.com



Tened en cuenta que cada autor solo ocupa una página, y que cada página de La Fanzine es un A5 (medio folio), así que cosas breves, please. Recordad que La Fanzine son folios fotocopiados en b/n con una grapa en medio, así que no esperéis una calidad pro en las imágenes. La Fanzine es gratis. Nunca hemos cobrado por ello ni lo haremos, así que los autores tampoco cobran. 

Creo que de todo esto ya hemos hablado desde el 2009, pero por si acaso. 

¿Os acordáis? Si es que eráis casi inéditos, jolín, qué mayores nos hacemos



Besos.

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